16. Contemplativos en la vida

Con capacidad para oír el sonido del agua por encima de todas las voces y de todos los ruidos. “Yo creo que las huellas de Dios están sobre todo en el corazón de la gente” (J. Sobrino).

 

Con la mirada centrada en un gran amor. “Llamamos contemplación al esfuerzo de fijar en Dios la mirada y el corazón” (Pablo VI). “¡Oh, Señor, que todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en ti, que si no mirásemos otra cosa sino el camino, pronto llegaríamos” (Santa Teresa).

 

Preparados para vivir un comienzo nuevo, porque “el que avanza hacia Dios va de comienzo en comienzo” (San Gregorio de Nisa). “Y a quien se detiene en los fracasos y desánimos se le paralizan las fibras del alma. Disponiéndonos a empezar de nuevo, la paz del corazón y una alegría del Evangelio pueden cambiar nuestra vida” (Hno Roger de Taizé). 

 

Con una actitud sabia en la mochila: permanecer toda la vida siendo principiantes, abiertos a la Palabra, sorprendidos por los guiños de Dios en lo cotidiano. “Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura” (Juan de la Cruz).

 

ROZADOS POR EL MISTERIO

 

Cruzar despacio el paisaje. “Así dice Yahvé: paraos en los caminos y mirad, preguntad por la vieja senda: ‘¿Cuál es el buen camino?’, andad por él, y encontraréis sosiego para vuestras almas” (Jer 6,16). Pararse... y mirar... para dar con la vieja senda es el camino que han seguido antes tantos amigos de Dios a la búsqueda de su rostro.

 

Disponibles para bucear en la hondura. Con la actitud del “aquí me tienes” o la oración que vive el momento presente como lo más valioso. “Siempre me gustó el desierto. Te sientas sobre una duna. No ves nada. No oyes nada. Y, sin embargo, algo está irradiando, en silencio, a tu alrededor. Lo que embellece el desierto, dijo el pequeño príncipe, es que, en algún lugar, el desierto esconde un pozo” (Antoine de Saint-Exupery).

 

     Aprendiendo a vivir sin complejo de culpa. Aprovechando, como la cigüeña, todo tipo de materiales desechables para   construir el nido. Sin ceder a la tentación de esperar tiempos mejores.

 

   Hasta dar con el secreto de la santidad. “Si una persona es realmente una persona, viviendo feliz, sonriente, entonces todos nosotros, todo el mundo se beneficiaría de esta persona. Una persona no tiene que hacer muchas cosas para salvar el mundo. Una persona ha de ser una persona. Esta es la base de la paz” (Thich Nhat Hanh). “Para mí, ser santo, significa ser yo. Por lo tanto, el problema de la santidad y la salvación es, en realidad, el problema de averiguar quién soy yo y descubrir mi verdadero ser... Y por ello, hay que tener una heroica humildad para ser uno mismo, y no otro” (Thomas Merton).

EL GOZO DEL ENCUENTRO

La oración es un encuentro personal entre Dios y la persona. Los dos quieren conocerse y relacionarse en amor y en verdad. Por eso el grito del salmista: “Busco tu rostro Señor, no me ocultes tu rostro” (Sal 27,9) y la búsqueda de Dios: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré  con él y él conmigo” (Ap 3,20).

 

Dios es comunicación, gracia, palabra. Y sale a nuestro encuentro. Nosotros hemos sido creados para la unión con Dios. “Para este fin de amor fuimos creados” (Juan de la Cruz). Predestinados a su gloria (Cf. Rom 8,30). “Hemos sido creados para una vida sencilla, bella, maravillosa” (E. Kübler-Ross)

 

Estamos capacitados para ser oyentes de la Palabra, para vivir la Trinidad en la hondura de nuestro ser, llamados a un amor total con Dios. “Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,16). Vivir la contemplación es atreverse a entrar en esta experiencia de soledad y silencio, que nos deja desnudos ante El, con la sala actitud de la confianza fundamental. “Me has seducido Señor, con tu mirada. Me has hablado al corazón y me has querido. Es imposible conocerte y no amarte. Es imposible amarte y no seguirte. ¡Me has seducido, Señor!” (San Agustín).

 

Al final, todo es cuestión de amor, de encuentro, y no tanto de pensar para decidir y cambiar. Lo más importante de la vida no es la actividad, sino el amor con que hacemos lo que hacemos. Eso es lo esencial. Esta amistad la comienza el Señor, que nos atrae con lazos de amor. “Es muy buen amigo, Cristo, porque  le miramos hombre y le vemos con flaquezas y trabajos, y es compañía. Puedo tratar con él como amigo, aunque es Señor. (Santa Teresa).

VINO NUEVO EN ODRES NUEVOS

 

­         “Contempladlo y quedaréis radiantes”. Alcanzados por dones gratuitos, que le desbordan, el contemplativo trata de ser sincero y hablar y vivir desde la coherencia del corazón, con una actitud de confianza entre las manos.

 

­         La contemplación no aparta del compromiso en la historia. “Abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios” (NMI).

 

­         La mirada misionera. Al ponerse a merced del Espíritu, bajo el cariño del Padre, le nace al contemplativo su ser más profundo, y brota en él todo milagro y toda mirada misionera. "Es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, que todas las obras juntas" (San Juan de la Cruz).

 

­         Una hermosa aventura para la vida. Los contemplativos experimentan un gran gozo interior a pesar de las dificultades del camino. "En este estado anda el alma interiormente como de fiesta, con un gozo y júbilo de Dios grande".

 

 

 En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 Abréte a la Presencia de Dios:

-          Habita dentro de ti, tu cuerpo es templo del Espíritu Santo.

-          Está en medio del grupo. “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).

-          Adórale en el silencio de tu corazón.

 Canto:         Busca el silencio,
                   ten alerta el corazón.
                   calla y contempla.

 Escucha la palabra:

“Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1, 3).              

 Recuerda:

­         Toda la vida es una oportunidad para aprender a decir con el corazón y con la vida, con todos los hermanos y la creación entera: ¡Dios es Amor!

­         Caminar con Dios durante el día es continuar la tarea de Jesús de llevar a todos su ternura y misericordia entrañable.

­         La oración nos ayuda a descubrir la presencia misteriosa de Dios en el corazón de los hombres y mujeres para amarlos a todos como hermanos y hermanas.

“Vuestra vida es fecunda más que por las obras externas, sobre todo por el amor a Cristo que os ha impulsado al don total de vosotros mismos” (Pablo VI).

“Ya toda me entregué y de tal suerte he trocado: que mi Amado es para mí, y yo soy para mi Amado” (Santa Teresa).

DEJA QUE DIOS TE SORPRENDA EN LA VIDA