14. Dificultades para el camino

Las dificultades de los orantes no están sólo en los comienzos; aparecen también en la espesura del camino. Son de muchos tipos y no en todas las personas se manifiestan de la misma manera y con la misma intensidad.

 

La intención de este “palparnos el alma” es recuperar el oído para el misterio de Dios y educar la mirada para seguir entendiendo la historia de amor de Dios con nosotros.

 

¿Qué pasa cuando la sensación de estar en sus brazos se desvanece, y cuando la certeza de estar protegidos y abrigados se debilita? Es el momento de bajar al corazón donde están nuestras raíces secretas y nuestro tesoro (cf Mt 6,21) y encontrar allí al Señor que nos mira (cf 1Sam 16,7).

 

DOS PETICIONES DEL PADRENUESTRO

 

Llama la atención que Jesús coloque dos peticiones de ayuda para las dificultades al final del Padrenuestro. ¿Cómo es posible que se asome la oscuridad después de haber dicho “Padre nuestro” y de haber saboreado la belleza de su nombre, de su reino y de su voluntad? Jesús, que nos conoce, sabe que sí es posible y nos invita a orar.

 

No nos dejes caer en la tentación. Hay muchas tentaciones en la vida del orante: superficialidad en las motivaciones, el desánimo, una entrega a medias, poca confianza en la eficacia de la oración, vivencia de la oración al margen del bien de los otros... Pero sobre todo, hay una: que alguien o algo nos arrebate lo que se nos ha concedido como el más hermoso regalo: nuestra condición de hijos y de hermanos, y que nos quedemos en terreno de nadie.

 

Líbranos del mal. O del Malo, que es quien divide, separa, rompe la comunión, mina el edificio por dentro.

HUIDAS DE DIOS

El abandono, la soledad, el sufrimiento, el hastío, la alegría... todo en nuestra vida puede distanciarnos de Dios, pero puede ser también oportunidad para volvernos a El.

Moisés, un hombre que se escondió (cf Ex 3). Había querido salvar a su pueblo con sus fuerzas, pero cuando se vio perseguido, se escondió en el desierto en una vida tranquila. Ahí lo buscó el Señor y lo envió de nuevo a salvar a su pueblo. No fue fácil aceptar; brotaron las quejas y el “manda a otro”. Al final pudo más el fuego de la zarza que no se consumía, el encuentro profundo y duradero con el Señor.

Elías, un hombre que no quería vivir más (cf 1Re 19). Se había enfrentado a los sacerdotes de Baal, había denunciado como nadie las injusticias, había vivido siempre con el corazón puesto en el Dios vivo. Pero a cambio de todo, recibió la persecución. Y huyó. No quiso vivir ni cambiar de camino. Se sentó debajo de un pequeño arbusto y esperó que le viniera la muerte. Ahí le salió al encuentro el Señor y le dijo: “Levántate y come, que el camino es superior a tus fuerzas... Desanda el camino”.

Juan Bautista, el hombre que buscaba luz (cf Lc 7,18ss).  Le han encarcelado porque su palabra molesta a los poderosos. En medio de la oscuridad entra en crisis. Al final no sabe si ha merecido la pena todo su esfuerzo. Busca a Jesús y éste le responde con las obras del reino, que empiezan a llenar de vida nueva la primavera del mundo.

¿QUÉ HACER EN LA PRUEBA?

Esperar al Señor. El nunca abandona la obra de sus manos. En nuestra debilidad e incapacidad para continuar el camino con alegría, El siempre nos sale al encuentro. 

Recordar los momentos de luz vividos junto al Señor; tener presente el amor primero que nos puso en camino.

Buscar la ayuda de la Iglesia y preguntar: ¿Qué me pasa? ¿Está todo tan oscuro como yo lo presiento? ¿Dónde está la salida? Los hermanos de la comunidad cristiana han recibido el encargo de despejar en nosotros el camino que lleva al Señor.

Ponerse de parte de Jesús, afirmarlo en la vida de cada día con una vida coherente y comprometida, a pesar de las tentaciones. 

Ofrecer la luz y las sombras. Porque todo, incluso nuestro mal, se transforma cuando se lo entregamos como ofrenda. “Conservo aversiones en mi corazón hasta que se convierten en flores, que un día ofreceré sobre el altar”.

TESTIMONIOS PARA EL CAMINO

De uno que se encontró de sopetón con el amor de Jesús. “¿Quién nos separará del amor Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... En todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó” (Rom 8,35-37).

De una mujer, cansada de tanto bregar. “Ya andaba mi alma cansada... Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen de Cristo muy llagado... Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía y arrojéme cabe El , suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle” (Santa Teresa).

De una mujer que murió en los campos de concentración. “Esta noche, por primera vez, me he quedado despierta en la oscuridad, con los ojos ardientes, mientras desfilaban ante mí sin parar imágenes de sufrimiento. Voy a prometerte una cosa, Dios mío, una cosa muy pequeña: me abstendré de colgar en este día como otros tantos pesos las angustias que me inspira el futuro” (Etty Hillerum). 

 

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 Recuerda:

los tramos delicados de tu camino como creyente.
que Dios asumió el riesgo de crearte de fracaso y de abandono.
que ser sinceros con Dios es lo mejor que te puede pasar:
“Te gusta un corazón sincero
y en mi interior me inculcas sabiduría” (Sal 50).
que, cuando experimentas la tentación, Dios, como la mujer cuando da a luz, sufre contigo esperando que la criatura nueva le devuelva la sonrisa emocionada a los ojos.
que la oración es trato de amistad y que en la amistad todo se comparte, las alegrías y sufrimientos.

 Escucha la palabra:

“Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos; los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: ’Pedid que no caigáis en tentación’.  Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo. ‘Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya’... Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo: ‘¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación” (Lc 22,39ss).

Jesús nos invita a orar en los momentos importantes de la vida,
para entender que el designio de amor del Padre está por encima de cualquier designio propio, 
no sucumbir al miedo y la tristeza,
y entrar en un silencio adorante como espacio privilegiado para contemplar con respeto el misterio inefable de Dios
donde las palabras se retiren y enmudezcan ante el Amor que nunca nos falla.

EN EL DOLOR Y EN EL GOZO DIOS ESTA CON NOSOTROS