6. Seguidores de Jesús

Jesús llamaa los discípulos “para que estén con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,13). El Espíritu invita a “seguir las pisadas de Jesús” (Juan de la Cruz).

 

“El seguimiento no es una simple fidelidad moral a Cristo, sino una prolongación en la vida propia y en el mundo actual de la realidad plena de Jesús. No se trata de imitar a Jesús, sino de prolongar a Jesús” (Karl Rahner) para “hacer la historia de hoy como Jesús hizo la de su tiempo” (Jon Sobrino).

 

“Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir: es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero” (Teresa de Jesús). 

 

“Ante Cristo se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia” (Incarnationis Mysterium,1).

 

EN CAMINO

El seguidor de Jesús está vinculado incondicionalmente a la persona de Jesús y, por tanto, a su estilo de vida. No se concibe al margen de él. Comparte con él su misma suerte.

El seguidor de Jesús es un orante en camino, con todo lo que ello significa: abierto, en constante aprendizaje, ligero de equipaje. Recuerda la llamada: “Ven y sígueme”. Estrena cada día unas relaciones con los demás basadas en el servicio y la entrega, en la renuncia a toda ambición de poder y de dominio sobre los otros. Colabora con él en el anuncio del Reino. Es testigo de lo que ha visto y oído.

“Habiendo sido alcanzado por Cristo Jesús, continúo mi carrera por si logro alcanzarlo” (Flp 3,12). “No es pequeño bien y regalo del discípulo ver que su maestro le ama” (Teresa de Jesús).

 

LA ORACIÓN, SIGNO DEL REINO

El Reinado de Dios se hace presente por las palabras y acciones de Jesús. Pero también lo hace presente su oración. El Reino es puro don gratuito de Dios. Y también el amor, la amistad, la reconciliación...

¿Qué queda de la utopía del Reino si éste no es gracia, oferta gratuita? La oración es signo del Reino, porque en tiempos gratuitos, poco rentables humanamente, nos abre en silencio al encuentro con Dios.

Los pequeños gestos de gratuidad de cada día alimentan y hacen brotar la oración. “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla” (Lc 10, 21).

ORAR ES MIRAR AL QUE VA DELANTE

Jesús no tiene una morada estable; su condición es de caminante. No tiene casa, ni abrigo, ni familia... “no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,57). En la oración tenemos “los ojos puestos en Jesús” y miramos cómo vive; en ella dialogamos con Cristo que nos convierte en sus íntimos. Poco a poco nos vamos metiendo en su vida, en su oración, en su amor.

Con él vivimos la experiencia del abandono en los brazos de Dios, como niños que se fían: "Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos" (Mt 18,3). 

JESÚS ENSEÑA A ORAR EN EL CAMINO

La petición de los discípulos de ayer, de hoy y de siempre será la misma: Enséñanos a orar.Y la enseñanza de Jesús es siempre magistral:

La oración comienza con la apertura a los demás. Sin esta actitud de mirada a los necesitados no existe contacto con el Padre (Lc 10,29-37).

En un segundo momento, la oración consiste en escuchar la palabra, para que la vida no se desoriente. A los pies de Jesús, con la mirada puesta en él, aprendemos que el Reino no es fruto de nuestro esfuerzo, sino que se realiza por obra y gracia de Dios (Lc 10,38-42).

Finalmente la oración es un abrirse al Padre para saborear en el camino “su amor loco” (Eudokimov) y, unidos a Jesús, agradecer y alabar, hacer presente el reino, pedir desde la vida, buscar perdón y perdonar (Lc 11,1-4).  

LA DEBILIDAD DE JESÚS Y LA NUESTRA

En el camino de Jesús y en su tarea por implantar el Reino de Dios en la tierra, surgen las dificultades, la oposición. Orar siguiendo a Jesús es oír su invitación: ”Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo” (Mt 26,38), y entrar con él en el huerto y en la noche oscura.

La oración de vigilia nos ayuda a preparar los acontecimientos, a no caer en la tentación, a seguir confiando en la llegada del Reino a pesar de todo, a proseguir el seguimiento con “determinada determinación, a ir adelante pase lo pase, murmure quien murmurare, así se hunda el mundo” (Santa Teresa).

Orando en medio de la noche, acogemos el proyecto de Jesús de amar hasta el extremo entregando su vida por todos en la locura de la cruz (cf. 1Cor 1,18), que siempre termina en vida: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn  12, 24).

CONVIVIR CON OTROS SEGUIDORES

El que sigue a Jesús aprende a vivir y a orar con otros seguidores, con hombres y mujeres que también le siguen.

Alentados por el Espíritu “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo..., son a la vez gozos, esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1.34).

Reunidos por el Espíritu, vivimos la experiencia de ser iglesia, fomentando la espiritualidad de la comunión, sintiendo a cada hermano como un don.

Empujados por el Espíritu somos enviados para servir a la vida.

 

Somos un pueblo de caminantes. Vamos buscando al Señor.

Escuchamos las pisadas de tantos hombres y mujeres que, también hoy, sienten dentro el deseo de agua viva y se ponen en camino.

Nada de lo que hemos vivido agota lo que Dios prepara a los que aman.

El Espíritu nos empuja a caminar con los ojos abiertos, con capacidad de sorpresa.

María, peregrina de la fe, alienta nuestra marcha.

Canto:

Dime dónde vives, Maestro dónde vives.
Dónde estás Señor,
dónde he de buscarte.
Indícame el camino.

Palabra: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).

“Todo alimento es desabrido
si no se condimenta con este aceite;
insípido, si no se sazona con esta sal.
Lo que escribas me sabrá a nada,
si allí no encuentro el nombre de Jesús.
Si en tus controversias y disertaciones
no resuena el nombre de Jesús, nada me dicen.
Jesús es miel en la boca,
melodía en el oído,
júbilo en el corazón” (San Bernardo).

Pista para el camino:

“Aunque el camino es llano y suave para los hombres de buena voluntad, el que camina caminará poco y con trabajo si no tiene buenos pies y ánimo y porfía animoso en eso mismo” (San Juan de la Cruz).

CUANDO ORAMOS NOS PONEMOS EN CAMINO