1 La necesidad de lo humano para orar

LA NECESIDAD DE LO HUMANO PARA ORAR

¿Qué ganamos con navegar hasta la luna si no somos capaces de cruzar el abismo que nos separa de nosotros mismos? (Thomas Merton).

“¿No sería gran ignorancia... que preguntasen a uno quién es, y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni su tierra? Pues sin comparación es mayor la que hay en nosotros cuando no procuramos saber qué cosa somos” (Santa Teresa).         

                   “El verdadero discípulo no tiene el corazón ambicioso,
                   ni los ojos altaneros.
                   No busca grandezas que superan su capacidad.
                   Ha acallado su alma y ha moderado sus deseos.
                   Como un niño en el regazo de su madre,
                   así está su alma en paz
                   y en silencio en el Señor” (Salmo 130).   

RETOS DEL ORANTE 

Aprender que nada de lo humano es ajeno a la oración. Es una aberración pensar “que para enriquecer a Dios debe empobrecerse el hombre; para que Dios sea todo, debe el hombre ser nada” (Feuerbach). 

Cultivar la dimensión humana, desde lo más profundo hasta los pequeños detalles, porque es ahí, en la propia vida, donde se va a tejer la historia de amistad con Jesús, la Palabra de Dios encarnada. 

No esconder nada ni esconderse de nadie, “porque El sabe de qué estamos hechos” (Salmo 103,14). 

         “¡No desperdicies tu vida!
Nuestras vidas están formadas de días y horas,
Y cada hora es muy valiosa.
¿Hemos desperdiciado nuestros días y horas?
¿Estamos desperdiciando nuestras vidas?”
        (Thich Nhat Hanh).

HABITAR NUESTRA CASA

La oración es un don, pero sin mí, sin todo lo que supone mi vida, no puede florecer. Cultivar la oración y, a la vez, ser grandes desconocidos para nosotros mismos, es construir la casa sobre arena. Una persona superficial vive y ora superficialmente. Una persona profunda vive y hora maduramente. La oración y la vida se relacionan mutuamente.

Llamamos “habitar nuestra casa” al empeño diario por conocernos, aceptarnos y querernos.

Dimensión corporal. No perdemos el tiempo cuando prestamos atención a nuestro cuerpo. ¿Cómo acogeríamos al Señor sin contar con él?

Dimensión afectiva. ¿Cómo podríamos vivir sin sentimientos, sin afectos? ¿Cómo podríamos orar sin capacidad de asombro, de gratuidad, de ternura, de dolor, de alegría, de compasión?

Dimensión intelectual. ¡Qué pobreza cuando practicamos la oración sin cambiar de mentalidad! Nuestra forma de pensar, de situarnos ante el mundo de hoy, de escrutar los signos de los tiempos, oxigena y aporta verdad a nuestro encuentro con Dios.

LA DIMENSIÓN MAS HONDA

Es lo más profundo de nuestro ser. Ahí tiene lugar el encuentro con el tú, y por tanto, la oración. Así lo definió Santa Teresa: “Como el lugar principal en un palacio real con inmensas moradas, donde pasan las cosas más secretas entre Dios y la persona humana”.

Los textos bíblicos hablan de “corazón” (“Dichosos los limpios de corazón” Mt 5,8), de “morada” (“¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu?” 1Cor 6,19), de “hombre interior capaz de comprender la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor” (Ef 3,16-18).

La interioridad humana no es física, “no estamos huecos por dentro”. Tampoco queda configurada por componentes de orden ético y psicológico. La persona de Cristo entra a formar parte de la interioridad del creyente; el Señor se queda en “quien come mi carne y bebe mi sangre” (Jn 6,57); él está-reside en “quien da mucho fruto” (Jn 15,5); “quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16).

El misterio de nuestra interioridad se despliega en tres planos:

- El cuerpo es santo, es templo de Dios, envase de la interioridad.
- El corazón, lo interior del ser humano, sede en que anidan los sentimientos, pensamientos, amores, proyectos... y, que a su vez, es el recipiente de algo que lo rebasa.
- El Espíritu, Cristo, Dios en persona, su amor, su vida derramada y creciente dentro. Es la Trinidad que se dona y habita en el ser humano, en comunión con él. El cristiano al pensar en lo profundo de sí mismo se siente implicado en lo divino, se siente relacionado con las Personas de la Trinidad.

UNA LUZ QUE NOS REGALA MARÍA

Frente al deseo de muchos de autocomprenderse y darse sentido a sí mismos, María es la mujer que deja que su Señor le regale su sentido.

Frente al anhelo secreto del hombre de hoy de ser comienzo absoluto desde su libertad, María es la mujer que acepta “ser desde otro”; se deja mirar por su Señor y se le llena la vida de agradecimiento.

LA EXPERIENCIA DE UNA MUJER

Edith Stein afirma que sólo una actitud religiosa introduce en la morada interior. Los análisis psicológicos sólo se asoman y escrutan esa dimensión interior, no abren el diálogo con el Señor que habita dentro. Para el cristiano lo más profundo de sí mismo no queda confinado en el yo, sino que implica la persona del Otro.

 

 

Haz un corte en tu actividad, no porque ésta sea mala, sino para poder contemplar tu vida, como se ve el bosque desde fuera, y ver tu historia como un prodigio.

 

Si puedes haz silencio, serénate, presta atención a todo lo tuyo con calma, como quien se sorprende hasta de los pequeños detalles.

Ábrete al Espíritu:

Ven, Espíritu Santo,
enséñame a vivir con sentido y plenitud
lo normal y lo extraordinario,
lo llamativo y lo inadvertido,
la vida y la muerte de cada día.

Escucha esta experiencia de San Agustín, puede ser la tuya.

“Tú estabas dentro de mí y yo fuera,
y así por fuera te buscaba...
Tú estabas conmigo,
 mas yo no estaba contigo” (Confesiones).

Mira lo que dice el Evangelio:

“Tú, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y,
después de cerrar la puerta,
ora a tu Padre que está allí, en lo secreto;
y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 5,6)
Descúbrete habitado (a).
Descúbrete mirado (a).
Descúbrete amado (a).

Ora con todo tu ser, unido a Jesús y a toda la Iglesia:

“Padre, me pongo en tus manos.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que sea, te doy las gracias” (Carlos de Foucauld).
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