¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro!

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.
“Nuestro Dios es un Dios cercano” (Clemente de Alejandría)

 

Las palabras apasionadas de una mujer profeta: “El día que comprendí esto (la presencia de la Trinidad en el cielo de mi alma) todo se iluminó en mi interior y querría contar muy bajito este secreto a todos los que amo para que también ellos se unan a Dios” “Esta intimidad con El en lo interior ha sido el hermoso sol que ha iluminado mi vida convirtiéndola en un cielo anticipado. Y eso es lo que me sostiene hoy en medio de los sufrimientos. No tengo miedo a mi debilidad… porque el Dios fuerte está en mí” (Beata Isabel de la Trinidad).

Las palabras ardientes de una doctora de la Iglesia: ¡Oh Trinidad eterna! Tú eres un mar sin fondo en el que, cuanto más me hundo, más te encuentro; y cuanto más te encuentro, más te busco todavía. De ti jamás se puede decir: ¡basta! El alma que se sacia en tus profundidades, te desea sin cesar, porque siempre está deseosa de ver la luz en tu luz” (Santa Catalina de Siena).

1.- Testigos estremecidos

La Trinidad es la fuente y el culmen del itinerario del orante. Al final, la semilla recibida en el bautismo “hechos a imagen y semejanza de la Trinidad” se convierte en fruto granado “plenitud del que lo acaba todo en todos” (Ef 1,23).

San Pablo resumió la experiencia de la plenitud de la vida cristiana diciendo: “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). Santa Teresa describe la llegada al centro de la interioridad como un encuentro con la Trinidad, un encuentro con la belleza y hermosura de Cristo, y una puesta en práctica del amor para bien de los prójimos.

Las personas que viven la plenitud de la vida cristiana se convierten en mensajeros de un encuentro. Continúan la letanía de la misericordia de la que es testigo el salmo 117: “Que lo diga la casa de Israel… que lo digan los fieles del Señor: Es eterna su misericordia”. La comunidad es el lugar donde se cuentan historias de encuentro y comunión con Dios, fuente de toda santidad. El amor es la forma más bella que hay de contar a Dios.

El relato de esta fiesta de silencio y adoración lo realizan en medio del asombro y del estupor. “¡Oh gran Dios!, parece que tiembla una criatura tan miserable como yo de tratar en cosa tan ajena de lo que merezco entender” (Moradas VII,1,2).

Quieren que todos conozcan la comunicación gozosa que la Trinidad tiene con la persona en las capas hondas. “Mientras más supiéremos que se comunica con las criaturas, más alabaremos su grandeza y nos esforzaremos a no tener en poco almas con que tanto se deleita el Señor” (Moradas VII,1,1). “Mi intento es que no estén ocultas sus misericordias, para que más sea alabado y glorificado su nombre” (Moradas VII,1,1). “Sea Dios alabado y entendido un poquito más, y gríteme todo el mundo” (Moradas VII,1,2).

La alabanza ante esta culminación de la obra del Espíritu Santo es la respuesta al amor excesivo. Es lo que sabe decir la humanidad en Cristo. La última palabra es el canto gozoso. La humanidad nunca podía pensar que tenía tanta alegría sembrada dentro. Toda la creación vibra al son de la gracia.

2.- Comunicación de la Trinidad

Dios se presenta como casa de comunión, como casa de acogida. Llegamos al centro del alma, al centro de uno mismo, como un lugar luminoso. Y ahí, Jesús nos presenta a su propia familia, nos introduce como nuevos miembros de la casa. “El que me ama guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). En el antiguo éxodo, la presencia de Dios en medio del pueblo se localizaba en la tienda del encuentro. En el nuevo, cada persona es morada de Dios. “En ti abrazo a Dios” (Beata Isabel de la Trinidad).

La santidad es un hecho trinitario, que transforma la vida. El misterio de Dios nos hace vivir. De aquí nace un respeto profundo a la dignidad de todo ser humano y un cuidado amoroso de toda la creación. La santidad todo lo embellece y lo recrea.  

El alma siente en sí la divina compañía. Teresa de Jesús refiere así el acontecimiento, místico y asombroso: “Quiere ya nuestro Dios quitarla las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le hace… se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas Personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos” (Moradas VII,1,6).

3.- Frutos de esta presencia

- Se experimenta vivamente la presencia de Dios. “¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son!” (Moradas VII,1,7). “En lo interior de su alma, en lo muy muy interior, en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras, siente en sí esta divina compañía” (Moradas VII,1,7). Aquí radica la belleza de toda comunidad, como reflejo de un misterio. 

- Se da una sobredosis de dinamismo en el hacer y en el servir. Los orantes asumen su responsabilidad ante voces que antes no les decían nada, y que ahora escuchan como cercanas. “Pareceros ha que, según esto, no andará en sí, sino tan embebida que no pueda entender en nada. Mucho más que antes, en todo lo que es servicio de Dios, y en faltando las ocupaciones, se queda con aquella agradable compañía; y si no falta a Dios el alma, jamás El la faltará, a mi parecer, de darse a conocer tan conocidamente su presencia; y tiene gran confianza que no la dejará Dios, pues la ha hecho esta merced, para que la pierda” (Moradas VII,1,8). “En el diálogo de un alma con Dios germinan los grandes acontecimientos que cambian el rumbo de la historia” (Edith Stein).

- La persona encuentra mejoría en todo. “En todo se hallaba mejorada, y le parecía que por trabajos y negocios que tuviese, lo esencial de su alma jamás se movía de aquel aposento” (Moradas VII,1,10). En todo busca y halla la presencia del Dios de la vida y del amor; descubre toda la realidad preñada de Dios. “El corazón absorbe a Dios, y Dios absorbe al corazón y los dos se hacen uno” (San Juan Crisóstomo).

- Aparece la gratuidad. El ser humano, con su vocación de infinito de algún modo satisfecha y desbordada, experimenta también su vocación de donación a los demás. No se pierde en Dios, perdiendo así la propia identidad humana; se sabe inmerso en el mar de la gracia, y de ahí saca vida gratuita para todos, especialmente para los más abandonados, como hacía Jesús. Los contemplativos, familiarizados con Dios, traducen la hondura de su amor a Dios en clave de amor a los hermanos. Se saben amados y por eso aman de forma creativa; se hacen presentes a todos sin enajenarse, de forma creativa.

4.- Ecos de una bellísima oración a la Trinidad

Isabel de la Trinidad tenía veinticuatro años cuando escribió su adoración a la Trinidad. Lo que el Espíritu Santo hizo nacer en su interioridad, lo plasmó en una tarde de noviembre, en que se celebraba la fiesta de la Presentación, es un papel escrito a tinta por las dos caras. Esta oración la escribió en la celda, a la que llamaba su pequeño paraíso, el lugar de la intimidad con su Amado Cristo.

Isabel hace suyo el misterio de la Encarnación, se siente llamada a ser “una humanidad suplementaria” de Cristo, en la que “se renueve todo su misterio”. Ante esta dignidad y belleza le brota el agradecimiento, la adoración, el silencio del callado amor que expresa lo indecible. Ora con un “Oh” admirativo. 

Entra en la hondura de su misterio y ahí, en la paz y en el silencio, contempla a la Trinidad, en éxodo, totalmente entregada a su acción creadora: la de hacer todo nuevo por la encarnación de la Palabra en Cristo. Su interioridad es el lugar de bodas con su esposo Cristo. Se oyen mutuamente el amor, “¡hasta morir de amor!”

La grandeza de su vocación no le impide tener presente, en todo momento, su impotencia, su pequeñez. Por eso, le pide insistentemente a Jesús que la revista de sí mismo, que identifique su alma con sus sentimientos, que ocupe Él su lugar. ¡Qué loca manera de amar, la de Isabel! ¡Qué manera, la suya, tan apasionada de decir “tú” a Cristo! La humildad se le hace a Isabel apertura total, acogida sin límites de Cristo: “Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador”.

La respuesta a la Palabra que se hace Humanidad es la escucha. “Quiero pasar mi vida escuchándote, quiero ser toda oídos a tu enseñanza para aprenderlo todo de Ti”. En la escucha atenta y en la mirada amorosa va haciéndose, también en ella, humanidad la Palabra, como en Jesús. 

Isabel recuerda a María y convoca al Espíritu creador, que hace maravillas, que hace nacer a Cristo en la vida del creyente. Esta es la petición que, en el Espíritu, hace Isabel al Espíritu: “Que yo sea para El una humanidad suplementaria en la que El pueda renovar todo su misterio”. ¡Cuánta belleza en las palabras y en la vida!

Muy consciente de cuál es la alegría del Padre, Isabel se expone a ser mirada por El, se abre de par en par, en un gesto de confianza y de gozo, para que el Padre contemple en ella la imagen de “su Hijo, el Amado”.

                  

El amor es la forma más bella
de contarte cada día a mis hermanos. 

Isabel de la Trinidad

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