Espíritu Santo: Su obra en nosotros

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¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres   de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!

¿Dónde está el centro de mi alma? ¿Dónde podrás herirme si nada tiene profundo mi alma?  ¿Como encontrarás mi centro, Espíritu de fuego, si giro en vértigos líquidos? ¿Cuándo tu saeta de fuego vivo y vertical acertará en mi diana -yo soy esquivo- remolino oscuro de espiral inquieta? Pero me abrazo a esta Llama como se acaricia el fuego de un martirio. Me descalzo ante este Santo Espíritu como se abraza una zarza ardiendo. Como quien logra la cumbre de la contemplación viendo el bien en el mal. Este Espíritu Santo es apresurado, quiere alzarme en peso, quiere acabar y llevarme a su alto lugar secreto, mi profundo centro; se resiste mi grave pesadumbre. Le oculta un lienzo de pared inmóvil que no acaba de romper con su ariete de esperanza y de paciente y amorosa tenacidad.
Qué bella es la obra del Espíritu Santo en el interior de la persona. Qué apasionado puede hacer el amor. Toda la persona se puede convertir en amor. Qué intenso puede ser el deseo de Dios.  Qué doloroso; como una herida en el pecho, como una herida afectiva, como el recuerdo de un amor secreto, lacerante, gozoso. Amor en llamas, amor en ascuas. Hace desaparecer el sufrimiento negativo que ya por aquí no hay caminos de purificación. Cuando el deseo de Dios es tan fuerte se experimenta como dulzura y como ternura.

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida las has trocado.

El Espíritu Santo está marcado con el color de la Sangre del cordero.
Se acerca a sanar nuestras heridas.
Con la metáfora del cauterio -una quemadura que sana- se canta la obra de la Trinidad. Una herida aliviada por la pomada y el ungüento que la desinfecta y la ablanda, la suaviza. La caricia delicada de una mano amiga, maternal, hermana. La asimilación al Señor Jesús en la Pascua hace el efecto de una muerte en vida.
Muerte y resurrección se experimentan en el modo en que la vida nos alcanza.
La mano del Padre ha entregado a la muerte a Cristo y ha convertido su muerte y la mía en vida. Antes cambió mi alma mezquina.
El Espíritu hace sentir al hombre salvado la belleza de la vida, de esta y aquella eterna vida que está escondida con Cristo en Dios.
Un anticipo de la vida, del perdón y la reconciliación, la patria de la identidad, cuando seamos lo que somos, cuando toda deuda quede pagada, todo deber futuro terminado, toda ansiedad calmada, cuando coincida lo querido con lo obtenido.
Y todo lo presente sepa a vida eterna: El trabajo, los hijos, los hermanos, y hasta los alimentos de la tierra tengan el sabor del cielo. Obra del Espíritu es este convertir lo presente en futuro. La carne en luz de amor, la tierra en materia divina.

¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

El Dios cristiano es fuego y luz, calor y resplandor.
No está cerca, está dentro.
No sólo en lo más espiritual, también en los torpes y oscuros sentidos
Por verte lámpara del Espíritu, ellos también sienten calor y luz, salud y fuerza, gozo y paz por la obra de Dios.
Por el Espíritu somos amados y amamos de dentro a fuera.
Somos iluminados hasta en la caverna oscura del inconsciente: en los sótanos húmedos de los sentidos, de las memorias, en las cuevas donde se archivan nuestros miedos, donde el pecado dejó sus huevos y larvas de corrupción, su Luz limpia y santísima ha bajado a nuestro abismo. Una lámpara para cada dolor, una candelita para salir de cada tropiezo.
Terrores nocturnos y fuerzas ciegas se disipan con la luz que les limpia y trasparenta. La carne con sus deseos ciegos y oscuros se abre al resplandor de la luz y el calor del Amado, vencedor de la muerte y de la noche, derrite el hielo subterráneo del egoísmo.
Pascua y vida libre en la resurrección de la materia y de la carne trae el Espíritu.
La Pascua del Espíritu convierte el amor en lámpara de la vida, en resplandor de una primorosa combinación de amor y de sabiduría.
Se llena el centro del hombre de Dios y sus ojos cambian, sus actos resplandecen, sus distancias y frialdades se acercan a dar calor y corresponder. Dios nos usa como espejo reflectante de su fuego para extender su alcance a todos los tiempos y mundos de nuestro
tiempo y mundo. Para que demos calor y luz junto.

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso,
de vida y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!

La llama del Espíritu toma la forma del amor conyugal.
Aquí se celebra el desarrollo del amor en la tierna dulzura de Dios esposo para el mundo entero. La forma del Amor del Espíritu Santo es la forma del amor conyugal. Como un amante esposo reclina su cabeza en el regazo de su esposa: secreto, pudoroso, exclusivo, único, íntimo.
También en el amor divino todo sucede en secreto.
Su morada es oculta.
El Espíritu respira en nosotros, viento íntimo y vital.
Va y viene tu Espíritu conmigo, pero va dormido, para que yo pueda soportarlo.
Todavía no acaba de despertar y respirar a la vida nueva y ya me ha llenado de bien y gloria el seno vacío y oscuro de mi sinsentido.
El Espíritu Santo es quien llena de glorias y bienes esta pobre vida presente.
Pero su cercanía es discreta, secreta, dormida.
Alentando pero no hablando.
El Espíritu es manso y amoroso para que pueda acercarme a su fuego y
estar junto a Él como ante la zarza ardiente.

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Más información en la web:
- Espíritu Santo: Dador de Vida
- Espíritu Santo: Todos hemos bebido de un solo Espíritu