Salmo 136: "La cumbre de mis alegrías"

 

Se dice que el hombre es un peregrino, un buscador, un comerciante en perlas, un nómada que va siempre buscando fuentes para su sed, hasta que da con la cumbre de sus alegrías. Esto, que es verdad, presenta tintes dramáticos para millones de personas, emigrantes, que dejan su tierra, su familia, su paisaje, en busca de una casa, un vestido, un trozo de pan. Tener delante la imagen de las pateras, de las comisarías, de los trabajos clandestinos, de tanto abuso, hacia los extraños, puede ayudarnos a entrar con pie descalzo en este salmo.

 

Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas, colgábamos nuestras cítaras. Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores , a divertirlos: “Cantadnos un cantar de Sión.” ¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías.

Abre tu corazón a todos los hombres y mujeres del mundo. Descuelga tu cítara y canta con ellos al Señor. Deja las cosas que te hacen olvidar a Dios y acércate a la Iglesia, que es el hogar de Dios y de los hermanos. Mira a María. Pon tu alegría en la gracia de Dios, que la envuelve.

 

“La garantía de mi oración, no es el mucho decir palabras, la garantía de mi plegaria es muy fácil de conocer: ¿Cómo me porto con el pobre?, porque allí está Dios; y en la medida en que te acerques a él, y con el amor que te acerques o el desprecio con que te acerques, así te acercas a tu Dios. Lo que a él le haces, a Dios se lo haces; y la manera como miras a él, así estás mirando a Dios. Dios ha querido identificarse de tal manera, que los méritos de cada uno y de una civilización, se medirán por el trato que tengamos para el necesitado y para el pobre” (Mons. Romero).