Salmo 129: Un grito al Dios de la misericordia

El ser humano lleva dentro la oscuridad, pero puede ser vencida por la confianza. Dios no interrumpe su relación con nosotros en la noche, por eso ésta puede ser llamada noche de salvación. “Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia. Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin pagarme, aun en esta vida, ningún deseo bueno. Por ruines e imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba mejorando y perfeccionando y dando valor, y los males y pecados luego los escondía. Aun en los ojos de quien los ha visto permite Su Majestad se cieguen y los quita de su memoria. Dora las culpas; hace que resplandezca una virtud que el mismo Señor pone en mí, casi haciéndome fuerza para que la tenga” (Santa Teresa).

1 Desde lo hondo a ti grito, Señor:
2 Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.
3 Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
4 Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.
 
5 Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
6 mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
7 como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa:
8 y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

1. UN GRITO EN LA NOCHE

A este salmo se le conoce como “De profundis”, primeras palabras de la versión latina, y es, junto con el Miserere (Sal 50), uno de los preferidos por la piedad popular. Tiene toda la apariencia de ser un salmo penitencial y lo es, pero, por dentro, lo recorren músicas de esperanza. Más que por la confesión de la propia culpa, destaca por la plena confianza en la misericordia de Dios; la petición por el perdón de los pecados y el canto de esperanza se hermanan. Más que poner los ojos en la dramática situación del ser humano, el salmo invita a poner los ojos en el Dios que perdona, que redime, que levanta, que cuida la vida.

El diálogo orante, propio de la alianza entre Dios y el pueblo, tierno y amistoso muchas veces, se convierte aquí en un grito: “A ti grito”. La pequeñez del ser humano se abre a la grandeza de Dios, la fragilidad a la ternura entrañable, la voz humana al derroche de misericordia. Cuando no parece quedar casi nada, aparece la voz, se hace presente el grito de la fe; una voz para el Dios que se hace presente en la hondura y suscita confianza.

El salmo arranca de una situación desesperada. El grito nace en el hondón; “hondo”, aquí, no tiene las connotaciones positivas que le vemos nosotros, sino que es metáfora de un abismo sin salida, lleno de inquietudes y pesares, de sufrimiento radical, de muerte.¿Cómo levantarse desde lo profundo hasta lo excelso? Solo la voz puede salir y elevarse. La angustiosa pregunta de Pablo: “¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?”, tiene una respuesta: “¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, nuestro Señor!” (Rm 7,24-25).

No solo las palabras amables y gozosas pueden ser oración, también lo es el grito, porque desvela una experiencia de Dios, como gracia y perdón. Precisamente el grito más desgarrador y más significativo de toda nuestra historia fue aquel que Jesús, moribundo, lanzó en la cruz (cf Mc 15,34). En su grito estaban todos los gritos. Su grito revelaba la inmensa confianza que Jesús depositaba en el Padre: “Estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica… De ti procede el perdón”. El Dios de la alianza es un Dios de perdón; así queda expresado en el salmo por medio de tres términos: misericordia, perdón, redención.

La persona se ha escondido en la nada, pero un grito rasga la noche y se levanta hacia el cielo con la certeza de que Dios escucha el clamor del pueblo; la humildad de quien reconoce su pobreza más absoluta se abre a la certeza de que solo Dios puede perdonar. Esta convicción de fe recorre la Biblia, de principio a fin: Dios oye nuestros gritos en la noche.

La ideología dominante de la época llegó a poner en duda esta certeza central de la fe y alejó de Dios, su única esperanza, a los pobres, a los enfermos, a los marginados, considerándolos como rechazados de Dios y, por tanto, justificando el rechazo de la sociedad; todo sufrimiento era un castigo: “Si sufrís es porque habéis pecado”. Al falsificar la imagen de Dios, presentándola como castigo y amenaza, falsificaron también la imagen del ser humano, metiendo en su corazón el miedo a Dios y la desconfianza hacia todo lo humano. ¡Qué terrible cuando una nefasta manera de pensar lo religioso lleva a las personas a tener malas experiencias de Dios e ideas falsas acerca de la propia vida humana!

El salmista, anticipando la tarea purificadora de la imagen de Dios y, por tanto, de todo ser humano, que realizará Jesús, presenta la imagen de un Dios que no rompe el diálogo en las noches del ser humano, que no sabe hacer otra cosa que perdonar, que desea relacionarse con la persona en un clima de amor. Un Dios así, que perdona, genera respeto profundo, despierta admiración, hace nacer el asombro agradecido en el ser humano, provoca amor. El respeto no minimiza la realidad de nuestro pecado, sino que exalta la magnitud de la misericordia de Dios, que nunca mira con pesimismo al ser humano. Dios no excluye a nadie de su perdón ni de su amor; siempre está dispuesto a levantar la vida.

Esta experiencia de la ternura entrañable de Dios, manifestada en Jesús, que no ha venido a condenar sino a abrir caminos de compasión, anima a la confianza: “Acerquémonos por tanto confiadamente al tribunal de la gracia para alcanzar misericordia y obtener la gracia de un auxilio oportuno” (Heb 4,16).

2. A LA ESPERA DE LA AURORA

Una vez expuesto su grito, el salmista asume la actitud de una humilde expectación ante la misericordia: “Mi alma espera en el Señor”. Al ser humano le toca aguardar el perdón, que es siempre una experiencia de gratuidad. Al saber que no está solo, puede avanzar en una espera contemplativa. A esta expectación, mantenida como rescoldo en el corazón humano, responde Juan el Bautista al señalar a Jesús como “el Cordero que quita el pecado” (Jn 1,36).

El hondón oscuro del ser humano se convierte ahora, por la esperanza, en lugar iluminado. A medida que avanza el salmo se nota cómo la luz va venciendo a la oscuridad. El resultado del grito orante es una nueva actitud ante la vida, que se traduce en esperanza y paz, tanto para el salmista o la salmista, como para todo el pueblo.

Nadie espera la aurora tan ansiosamente como el centinela, que aguarda que venga la luz para que un compañero lo releve. Pues mucho más espera el orante el perdón del Señor. La mañana, símbolo de la gracia, será espléndida, porque Dios es grande en perdonar: “Animo, hijo, tus pecados son perdonados” (Mt 9,2).

No se trata de una vigilancia de Dios sobre el ser humano, sino de una vigilancia del ser humano a la espera del perdón. Job no soporta ver a Dios como centinela del hombre: “¿Por qué no apartas de mí la vista y por qué no me dejas ni tragar saliva? Si he pecado, ¿qué te he hecho?, centinela del hombre…” (Jb 7,19-20); “vigilas todos mis pasos y examinar mis huellas” (Jb 13,27). Por el contrario, la vigilancia del hombre consiste en espiar la llegada de un Dios liberador, como se vela esperando la aurora.

3. CON EL CORAZÓN ENSANCHADO

El salmista expresa su firmísima esperanza, no solo para sí sino también para el pueblo. La nueva experiencia de Dios no le lleva a replegarse sobre sí mismo; al contrario, hace que se abra a la situación del pueblo, de la humanidad. Lo que él vive, lo pueden también vivir los demás. “Aguarde Israel al Señor”, “tenemos un Señor bueno, que quiere perdonar a todos” (San Ambrosio). La persona, que no era capaz de casi nada, es ahora capaz de acoger y de invitar a los demás. Es el milagro de la confianza, que el perdón de Dios ha sembrado en el corazón.

El orante, que ha sintonizado con los gritos de la humanidad dolorida, manifiesta una certeza en la actuación de Dios a favor del pueblo: “El redimirá”. En cada creyente, en cada pueblo, Dios preparará la esposa santa e intachable que pueda presentar, engalanada como una novia, para su Esposo (cf Ap 21,2).

Jesús envió a comprobar y completar la intuición de fe que aquí se refleja: “Id a aprender qué significa aquello de misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13). Y san Pablo canta la alegría del nuevo descubrimiento del rostro de Dios: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rm 8,35).

4. ORACIÓN SÁLMICA

Nuestra alma te aguarda, como centinela a la aurora; la presencia de tu Hijo, Padre, abrió en el mundo un amanecer de perdón y misericordia, que llegó a su culmen cuando en la mañana de Pascua restauraste el universo; recibe nuestro agradecimiento y alabanza. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Documentación: Salmo 129