Confianza en la divina Providencia

[Entre el 8 y el 29 de] mayo de 1898

Yo tengo en tu divina Providencia
una fe y confianza inquebrantables.
Oh Jesús, llévame y tráeme,
yo me abandono entera a tu talante.

Cuando Tú me dijiste: «Ven a mí»,
a tu voz respondi, Jesús Amante.
Desde entonces, mi Bien, cuánto he llorado,
¿no recuerdas, Señor, mis ansiedades?

¿No recuerdas, Jesús, mi santo celo
por responder a tu llamar constante,
por vivir solitaria en el Carmelo
y por mi frágil vida consagrarte?

Perdona mis momentos de impaciencia.
Seguro que he faltado en confiárteme,
pero mira, ¡me acucia tal deseo
de sufrir, dejar todo y entregarme!

Ya nunca sentiré más desaliento,
Jesús, te lo prometo, en adelante.
Me abandono a tu santa Providencia,
mi confianza opongo a todo lance.

Jesús, mi Salvador, Bondad suprema,
pese a mi ardor extremo en el combate,
sólo a cumplir por siempre tus deseos
aspiro, mi Hermosura inigualable.

Jesús, en quien se funda mi esperanza,
si respuesta a tu voz no puedo darle,
¡quién me podrá impedir en este mundo
el entregarme a Ti en tantos detalles...!

Jesús, divino Esposo, mi Alma y Vida,
¡quién logrará tu amor arrebatarme!
Amarte y devolverte ese tu amor,
tal fue siempre el buen fin de mi coraje.

¡Cálmate ya, oh impaciencia mía!
Alma mía, tus santos ideales
abandona en su santa Providencia.
En verte así sufrir Dios se complace.

En este mundo, en este valle umbroso,
Jesús, tú te has dignado reservarme
un lote dulce, una porción dichosa
que el mundo no podrá jamás quitarme.

Por la parte que tú me has destinado,
oh mi Buen Dios, del corazón me sale
gritarte «muchas gracias» de por vida.
Sí, gracias mil, mi Amigo incomparable.

Ahora me abandono a ti, Jesús,
con una confianza que a Dios sabe.
¡Gloria a ti, oh divina Providencia,
gloria al Señor, por siempre confiable!

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