Cuando se va la llama

Esto, Señora y Madre nuestra, fue lo que de ti nos dijo el poeta Gerardo. Diego. Esto fue lo que nos dijo tras haberse preguntado que adónde se va cuando se nos va la llama. Y que adónde sube la llama cuando la llama sube. Nada más sencillo para el poeta y para nosotros, en esta tu fiesta de la Asunción, que contestarnos sencilla y gentil-mente que la llama se va al aire y que a ti, Señora, también vinieron los pequeños ángeles de Dios para llevarte al aire, a lo más alto. Al empíreo celeste, que dicen los malos poetas cuando quieren hablar del cielo.

A la postre, Señora y Madre, eso dicen que viene a significar el dogma que, como doctrina firme y fija, proclamó el Papa Pío XII en una fiesta de Todos los Santos y cuando uno -.perdón, Señora- era apenas un muchacho núbil que escuchaba por primera vez palabras sustanciales de la teología. Digo, Señora. que el Papa dijo eso: que, tras tu gloriosa muerte, tu Hijo y Señor no quiso que la muerte alcanzara a tu ceniza con la corrupción natural que toda materia lleva consigo. Por serlo todo, habías sido mujer para ser madre. Y fuiste madre para estar –como toda madre- sustancialmente cerca de tu hijo. Y para pasar la vida pendiente siempre de este hijo original y distinto. Y para estar, sobre todo y como toda buena madre, a su lado en el momento de su muerte.

Cargaste con su obra cuando El se marchó a los cielos para enviar desde allí el. ramalazo del Espíritu. Y estabas a la espera de este Espíritu cuando el Espíritu montó la intemerata del Pentecostés para transformar este universo. Desde entonces, debieron ser muchos los que se preguntaron qué se iba a hacer de ti. Y de ti ya se vio lo que se hizo: que te dieron a gustar la muerte tan soberana y hermosamente como habías gozado la vida. Con la misma fecundidad, diría yo si me lo permites.

Abrasándolo todo con el amor que te había sobrado después de haberlo puesto al servicio de tu hijo y de su obra. ¿Qué haríamos ahora con ese amor? ¿Qué haríamos ahora nosotros con esa con esa ceniza enamorada? Te meteríamos en un mausoleo. Un mausoleo hermoso y grande para ti sola. Situado en un lugar que sería sagrado para todos. Tierra santa también para ti. Geográficamente bien puntualizada para que todos los mapas del mundo nos indicaran con precisión dónde te encontrabas. O no. O quizás no. Quizás esa manera de señalar tu tumba se habría convertido –hay ejemplos para todo- en lugar de rencillas entre los que estaban lejos y los que creían que, por estar más cerca, el mausoleo tuyo era mucho más suyo que de los demás.

Preferible que alguien tomara la llama entre sus manos y se la llevara al aire. Al aire universal. Al cielo de todos. Donde –lo dicen los Padres Conciliares- has establecido tú de manera muy viva y fecunda no una sucursal de tu presencia, sino tu presencia misma. Una ancha presencia que se refleja vivamente sobre las tierras de todos y el corazón de todos.

Se lo diría al poeta: La llama se va adonde la llama arde, Adonde la llama sigue ardiendo. Porque su misión es esa: caldear el aire y desparramar la luz. Nadie la ha “en-cielado”. Está ahora mucho más libre y eficaz que lo que estuvo nunca.

Eduardo T. Gil de Muro