Pautas para orar con niños y adolescentes

En busca de un Decálogo

“Vieron que era imposible y se pusieron a realizarlo”

1. La oración es un encuentro de persona a persona.

Enseñar a orar no es enseñar oraciones. La oración no es un encuentro con fórmulas, por muy bonitas que éstas sean; tampoco es un encuentro con una ideología por muy apasionante que ésta sea. Si no hay personas no hay oración. Solo entre personas puede surgir la amistad y la oración como encuentro de amigos. Película: “Hijos de un mismo Dios”. Unos padres judíos, por salvar a su hijo, en tiempos del nazismo le hacen aprender las oraciones cristianas.

2. La oración no tiene nada que ver con infantilizar al niño.

“La primera huella será siempre fundamental en el niño. Hay que proporcionarle, ya desde la infancia, una formación de calidad en un lenguaje adecuado; pero de contenido preciso y sencillo” (Pablo VI). Cuatro tiempos de la educación de la oración: tiempo de narrar, tiempo de comprender, tiempo de dejarse atraer, tiempo de comunicar. Anécdota: Una familia empeñada en enseñar a orar a unos niños.

3. Las vivencias se transmiten en un clima de respeto y confianza.

No jugar con la ilusión del niño. ¿Cómo los vemos? ¿Qué pensamos de ellos? ¿Qué sabemos del llanto del niño? ¿Qué sabemos de cómo ora un niño? Desde muy pequeños los niños pueden conocer y amar a Dios; ésta es la experiencia básica que orientará e iluminará toda su vida. Cuando tenemos en cuenta las exigencias más profundas del niño: necesidad de amar y ser amado, necesidad de crear y sentirse útil, necesidad de encontrarse consigo mismo y de marcar su propio rumbo, necesidad de expresarse a través de distintos lenguajes que le permitan decir su palabra interior, sentimientos, deseos, temores, admiración… Sólo entonces empezamos a comunicarles, al hablarles de Dios como Padre, algo más que una palabra. Una maestra solía decir con ironía que ella había corregido el texto del Evangelio “dejad que los niños se acerquen a mí” (Mc 10,14) y que su versión era: “dejad que se me acerquen los niños…, pero fuera del horario escolar, NO”.

4. La presencia de la comunidad cristiana es esencial para acompañar a los niños en el camino de la oración.

A veces los mayores vivimos muy distantes y muy ajenos a su mundo y no sabemos caminar con ellos: o damos grandes zancadas que les obligan a trotar a nuestro lado, o nos empeñamos en que vayan al mismo compás que el nuestro cuando éramos pequeños, o nos despreocupamos de su ritmo y les dejamos caminar solos. Con sus preguntas son capaces de desconcertar nuestra seguridad, de ver nuestro verdadero rostro por debajo de nuestras máscaras. El optar por una vivencia comunitaria de la fe, el tomar conciencia de que la comunidad es el ámbito específico donde contagiar la fe, es fundamental para transmitir la enseñanza de la oración. Pregunta del niño en las celebraciones judías: ¿Por qué estamos aquí? (Dt 6,20-25).

5. Los padres y los catequistas son testigos privilegiados de la vida nueva que brota en el niño. E

sta vida divina en un regalo de Dios, que hay que agradecer, una pequeña semilla que hay que cuidar. Nos guste o no reconocerlo, nuestra generación va a tener poco que decir a los niños si de alguna manera no damos un frenazo en nuestra carrera –de armamentos, de consumo, de violencia, de competencia, de no saber a dónde vamos- y empezamos a recorrer la vida de otra manera, de esa otra manera que intuimos a veces: una vida más gozosa, liberada, donde la avidez se transforma en comunión, la paz y la agresividad en ternura, con más capacidad de compasión, de diálogo, de gratuidad. Mujeres al servicio de la vida (Ex 2,1-10). Mujeres de contemplación, mujeres de compasión, mujeres de comunicación.

6. La oración es un tesoro que cada uno encuentra en ellos.

No es cuestión de hacerlos a nuestra imagen, más bien de ayudar a que crezca la vida, de llenar sus bolsillos de cosas buenas. Debemos tener cuidado de hacer niños clónicos, es decir, de hacerlos a nuestra imagen y semejanza. Unos intentan estirar la inteligencia del niño como la piel de un tambor para abarcar todo el dogma; otros emplean la fe como camino de adoctrinamiento progre que convierte a los niños en alevines de militantes de izquierda; otras veces proyectamos sobre ellos nuestras perplejidades. Unos padres quieren conseguir que su hijo de tres años tenga una mentalidad y una conducta socialista. No le dejan decir el pronombre mío, sino nuestro. Pero el niño no podrá llegar a decir nosotros, sino desde el yo. Hay que remar duro, y a veces contra corriente, para otorgar, a pesar de ellos y a pesar de nosotros, esa libertad que estamos siempre tentados de retirar y que los niños están tentados de devolvernos.

7. La oración va más allá de las formulaciones vacías al estilo de: “Ya sabe dónde tiene usted su casa”, “encantado de conocerle”.

Un niño va más allá de las palabras: un niño capta de una manera misteriosa si estamos o no de su parte; un niño intuye qué es lo que hay de auténtico en nuestras actitudes, y lo hace con la misma facilidad con que pesca un renacuajo en un charco. La oración solo puede surgir del apasionamiento, solo puede darse en un clima de verdad. Un cristiano aburrido nunca podrá transmitir nada. Cuando ven en nosotros el brillo en la mirada al hablar de Jesús están intuyendo algo importante. El evangelio tiene que traer aire fresco, novedad, buena noticia, desbordamiento y despilfarro. ¿Cómo afecta a un niño, amigo de la verdad, la incoherencia y la falta de compromiso con lo que creemos importante? Niño que jugaba al escondite. Comenzó a llorar cuando vio que su compañero no lo buscaba.

8. La oración es una enseñanza y un aprendizaje.

Aprendemos de la oración que brota del niño, que nos ayuda a ponernos en autenticidad, a utilizar un lenguaje de verdad y sencillez. “De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza” (Sal 8,3). Enseñamos dándoles lo mejor que tenemos y sabemos. Carta del Abbé Pièrre a Roger Garaudy:

“Y en cualquier caso, lo que no podréis hacer los jóvenes de hoy es maldecirnos, porque, respondiendo a la voz interior que escucha todo hombre anciano, no os hemos dado la callada por respuesta, cuando nos habéis gritado: «¡Antes de iros, decidnos lo que sabéis! Querido Roger, tú y yo, por caminos diferentes, pero que conducen a la misma meta, seguiremos diciendo todo lo que sabemos, al menos mientras la edad no nos prive de la palabra y no nos confine en el silencio de la ofrenda y de la adoración. Tú y yo seguiremos hablando, porque, a pesar de nuestras debilidades, tenemos algo que decir y una respuesta interior que ofrecer. ¿Tenemos necesidad de Dios? La respuesta que tenemos que corear a voz en grito es: «¡Sí!, ¡Sí!». Y tu libro lanza este grito con inteligencia, erudición y apasionada ternura: ¡Sí, la humanidad necesita a Dios! Donde vivo, hay muchos viejos como yo, y también hay niños. Por aquí pasan niños de todas las edades y siempre me sorprenden con sus porqués, su palabra preferida. Ellos me hacen sentir la gravedad de la inconsciencia con la que solemos mentir. Porque ellos siempre preguntan el porqué. Y esta pregunta, que casi podíamos calificar de sagrada y que encierra la búsqueda de finalidades y de motivos, esta pregunta mediante la cual descubrimos la alegría de estar hechos para ese continuo calmar nuestra sed de saber y de amar, esta pregunta nos resulta siempre embarazosa. Por eso, a menudo, nos salimos por la tangente y respondemos a los porqués con uno de esos innumerables «trucos» descubiertos y puestos en marcha por nuestras sociedades. Y es que, mientras ellos quieren encontrar razones para vivir, nosotros les proponemos los medios de lograr «ser-para-nada, les invitamos a correr, a correr como todo el mundo, sin saber hacia dónde. Y, por eso, cuando se cansan, y se cansan pronto, ya no vuelven a preguntar el camino para ir a algún sitio o para ser alguien. Gracias, Roger, por el niño que siempre he sido. ¡Claro que sí! ¡Necesitamos a Dios! Me has ayudado a adorarle dentro de mí. ¡Ojalá les pase lo mismo a otras muchas personas! Te abrazo y te tengo siempre a mi lado, a ti y a los tuyos, en el silencio de la oración (Abbé Pièrre).

9. La oración no es algo serio y aburrido.

La oración también es un juego, una hermosa aventura. Podemos orar con los niños en medio de la naturaleza, podemos ir a las comunidades contemplativas, podemos acercarnos a la familia de un niño, podemos escuchar testimonios, podemos jugar a encontrar el tesoro, podemos preparar para toda la comunidad con especial participación de los niños una oración por la paz, por los derechos de los niños, por un mundo sin fronteras.

"Todavía me conmueve hoy la actitud de mi padre. El, que llegaba siempre agotado de las faenas del campo, después de la cena, se arrodillaba, los codos apoyados sobre el asiento de cualquier silla, las manos en la frente, sin una mirada para cuantos estábamos a su alrededor, sin un movimiento. Y yo pensaba: mi padre que es tan fuerte, que manda a todos en casa, que hasta los bueyes le obede¬cen, que se muestra tan valiente cuando las cosas van mal y tan poco tímido delante del alcalde y de los ricos del pue¬blo... he aquí que se hace tan pequeño delante de Dios. ¡Cómo cambia! Dios para mi padre tiene que ser alguien de muchísima importancia, pues se arrodilla ante él y de mu¬cha confianza para que le hable en traje de faena" (Duval). 

10. “Dejar que los niños se acerquen a Jesús” (Mc 10,13-16).

¿Qué habría que quitar para que se pudieran acercar a él? A pesar de las dificultades que conlleva la oración con los niños trae cuenta acercarse a ellos. Salimos ganando. Porque no nos dejan instalarnos, ni mentir, ni envejecer en el corazón. Y además, no estamos solos al acercarnos a ellos. Alguien nos ha precedido. El mismo Jesús ha llegado antes y camina en su compañía.

Relato de Zaqueo: “Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura” (Lc 19,3).

¡Padre bueno! Estás dentro de mí, dentro de todos mis amigos. Estás aquí, en nuestro corazón. Nos ha dicho la catequista que Tú eres como una semilla. Quiero que crezcas y te hagas grande, que crezcas y te hagas grande dentro de mí. Mis padres me han contado la fiesta de mi bautismo. Allí llenaste mi pequeñita vida de tu amor. Cada día quiero conocerte y amarte más. Les voy a decir a todos lo bueno que eres. Un beso grande para ti. Hasta otro rato.