Salmo 86: La danza de los pueblos

“Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana como un vestido de baile, que nos hará amar de ti todo detalle como indispensable joya. Haznos vivir nuestra vida, no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula, no como un partido en el que todo es difícil, no como un teorema que nos rompe la cabeza, sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo, como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia, con la música universal del amor” (Madeleine Delbrêl).

2 El la ha cimentado sobre el monte santo:
y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.
 
3 ¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!
4 «Contaré a Egipto y a Babilonia
entre mis fieles;
filisteos, tirios y etíopes
han nacido allí».
5 Se dirá de Sión: «Uno por uno
todos han nacido en ella:
el Altísimo en persona la ha fundado».
 
6 El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí».
7 Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti».

1. JERUSALEN

Jerusalén, siempre en boca de los poetas y en los labios de los orantes. Levantada y arrasada tantas veces. Con tantas heridas en sus calles, en sus templos, en sus rostros. Siempre amada. Con misteriosas semillas de paz, como flores que nacen en el precipicio, sembradas entre sus muros. Rica en cultura, con pluralidad de espiritualidades. Un ambiente místico rodea a esta ciudad, que guarda en la memoria recuerdos de sangre y lágrimas, sueños y fracasos, tragedias y dichas y que ha sido foco de esperanza y de gozo incontenible de millones de peregrinos. Este salmo, una de las piezas más extraordinarias del Antiguo Testamento, está dedicado a Ella.

Jerusalén está cimentada sobre el monte santo. Su memoria honda es el amor fiel de un Dios que ha puesto en ella sus ojos (cf Dt 7,7). Ahí está su esencia. Se lo han recordado siempre los profetas que han recorrido sus calles y palacios, aunque Ella haya mirado a menudo hacia otra parte; se lo recordó Jesús, que al ver la ciudad, lloró por ella diciendo: “Si también tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz” (Lc 19,42). Pero ninguna de sus infidelidades ha roto el amor fiel de Dios.

El Señor la ha preferido y la ha escogido como novia. ¿Por qué? Por las razones que solo el amor conoce, por esa santa manía de Dios de fijarse en lo pequeño, de escoger lo pequeño, de mostrarse grande en lo pequeño. Ella es la preferida, porque Dios usa misericordia con quien quiere. Su mirada de amor es gratuita. El fundamento de la gloria de Jerusalén está en la elección de Dios, por eso Dios mismo es su fundador (cf Is 14,32).

Cantar con acentos tan entusiastas la gloria de una ciudad pequeña y sin prestigio, desconocida por las grandes potencias del mundo y frecuentemente pisoteada por los pueblos enemigos, no significa megalomanía por parte del pueblo creyente, sino fe y confianza en las promesas de Dios. Es precioso el canto de Isaías: “Ya no te llamarán ‘Abandonada’, ni a tu tierra ‘Devastada’; a ti te llamarán ‘Mi favorita’, y a tu tierra ‘Desposada’, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo” (Is 62,4-7).

El salmo es anticipo de la nueva Jerusalén, nueva creación en todo su esplendor, don de Dios a la humanidad, novia que se adorna para su esposo y se prepara para las bodas, lugar del amor y de la ternura, con las puertas siempre abiertas, llena de la presencia luminosa de Dios, espacio para la intimidad. Así es descrita en el Apocalipsis (Ap 21).

Para nosotros, hijos de la nueva Jerusalén, este salmo debe servirnos para cantar la gloria de nuestra madre la Iglesia, a la que tanto amó Cristo que “se entregó a sí mismo por ella, purificándola con el baño del agua, para colocarla ante sí gloriosa, sin mancha ni arruga” (Ef 5,25-27).

2. UNA CIUDAD CON CORAZON DE MADRE

A Jerusalén se le ensancha tanto el corazón que llega a convertirse en madre de todos los pueblos. Es lo que dice este bellísimo salmo mesiánico, que canta el futuro para acrecentar la esperanza. ¿Cómo es esto posible? La respuesta está en la fecundidad que despierta Dios en todo lo que toca. Jesús hablará de la fecundidad del Reino al compararlo con un grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, que se convierte en árbol donde anidan los pájaros (cf Mc 4,30-32).

Que Jerusalén, modesta capital de un pequeño país, sea aclamada como madre de toda la humanidad y no solo de Israel supone una audacia extraordinaria. El salmista es consciente de ello y lo hace notar: “¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!”, el de hermanar a todos los pueblos.

Lo sorprendente es que encabecen la lista de los pueblos dos enemigos tradicionales y emblemáticos: Egipto y Babilonia, la primera y segunda opresión, del primero y segundo éxodo. Cada nombre suscita una oleada de recuerdos negativos: la belicosa Filistea, la opulenta y soberbia Tiro, la aventurera y poderosa Nubia. El salmo proclama con fuerza y gozo, y no como resultado de una uniformidad forzada o de una imposición cultural, que todos han nacido allí (por tres veces se repite la fórmula ‘han nacido allí’). No son extranjeros, ni inmigrantes, ni poblaciones sometidas a peticiones de trabajo… simplemente son ciudadanos, sin distinción. En la ciudad ya no hay enemigos. Las espadas y las lanzas se han convertidos en arados y podaderas (cf Is 2,4).

Este salmo es una página de auténtico diálogo interreligioso, recoge la herencia universalista de los profetas y anticipa la tradición cristiana que aplica este salmo a la “Jerusalén de arriba”, de la que san Pablo proclama que “es libre; es nuestra madre” y tiene más hijos que la Jerusalén terrena (cf Ga 4,26-27).

En la misma línea del salmo, también el concilio Vaticano II ve en la Iglesia universal el lugar en donde se reúnen “todos los justos, desde Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido”. Esa Iglesia “llegará gloriosamente a su plenitud al final de los siglos” (Lumen Gentium, 2). Esta Iglesia nueva es don y tarea, es objeto de búsqueda y de amor.

3. UNA CIUDAD PARA LA DANZA

Lo nunca visto: pueblos de todas las razas y lenguas y culturas se dan la mano para danzar en rueda cantando. La comunidad de pueblos, que emana del Espíritu, encuentra sus fuentes y, llena de gozo, canta: “Todas mis fuentes están en ti”. En Jerusalén, o sea en el Dios que la habita, todos deben descubrir sus raíces espirituales, encontrar la fuente del gozo, sentirse en su patria, reunirse como miembros de la misma familia, abrazarse como hermanos que han vuelto a su casa, cantar juntos, a coro, en todas las lenguas, una bellísima sinfonía. Eso es el cielo en la tierra, “donde todos son amigos, todos se quieren, todos se ayudan” (Santa Teresa). En la fuente de la vida se han secado las fuentes de los odios.

La última palabra no la tiene la muerte ni el luto, el llanto ni el dolor, todo eso ha pasado; la última palabra la tiene la danza de los pueblos (cf Ap 21,4).

4. TAREAS PARA EL CAMINO

Ver a Cristo como piedra angular sobre la que se alza la nueva humanidad, la morada de Dios (cf Ef 2,19-22).

Descubrir la predilección que la Trinidad tiene sobre cada uno de nosotros. Hemos sido elegidos, amados, por pura gratuidad. Ahí está nuestra grandeza y dignidad.

Entrar en la vocación a la universalidad que Dios nos ha concedido. Ni los conflictos, ni las guerras, ni las enemistades apagan el proyecto universal de Dios. La fidelidad de Dios debe estimular nuestra tarea diaria para acercarnos a lo que Dios ha soñado para la humanidad.

Agradecer que Jesús sea nuestra fuente, la que mana y corre siempre. El Espíritu vivificante que brota del Enviado apaga la sequía de nuestra tierra, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo. Es un agua que sacia porque brota del trono de Dios (cf Ap 22,1).

Adelantar la danza final con las danzas que se forman en los cruces de caminos, en los encuentros de unos pueblos con otros, cada vez que cae un muro de odio y se alzan en lo alto las palomas de la paz, mientras los niños juegan.

Amar a la Iglesia, la nueva Jerusalén, la ciudad de los olivos y la paz. Buscar el rostro nuevo de la Iglesia para caminar en la esperanza.

Documentación: Salmo 86