San Juan de la Cruz, o el triunfo del espíritu sobre la carne

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SAN JUAN DE LA CRUZ, O EL TRIUNFO DEL “ESPÍRITU” SOBRE LA “CARNE”.

En el aniversario de su muerte, Úbeda, 14 de diciembre de 1591, san Juan de la Cruz nos recuerda una experiencia vital que él convirtió en magisterio: la dignidad del hombre que ha sublimado su carne viviendo en el espíritu, liberado de todas las ataduras psíquicas, sociales, religiosas y morales. El binomio carne y espíritu definen la estructura del hombre integrado desde que Pablo de Tarso lo acuñó al comienzo del cristianismo. Desgraciadamente, parte de la tradición exegética, y, sobre todo, la predicación popular, atribuyó a la carne contenidos éticos y morales, con una clara resonancia y vinculación a la sexualidad humana, que no tenía en su primera propuesta. Vivir según la carne, según esa interpretación, era pecar contra el sexto mandamiento. Sin embargo, en Pablo, los términos tenían un valor espiritual y metafísico. Él se refería a los que querían construir la vida sobre el propio yo y los valores intramundanos, segregados del Dios trascendente revelado en Jesucristo; dibujaba al hombre cerrado en sí mismo, en su propia intrahistoria, sin horizontes en el más allá de la vida, como un ser para la muerte. Para romper ese círculo de nihilismo y de muerte, Pablo propuso, la “novedad” cristiana: vivir según el espíritu, que no consiste sólo en seguir los buenos instintos del alma, los caminos de la racionalidad, la libertad y los derechos humanos y sociales; sino en abrirse al Infinito Padre Dios, encarnado y revelado en Cristo Jesús. Con ello convertía el cristianismo no en una ética o moral, sino en una nueva antropología, una espiritualidad y una mística en el sentido más hondo y significativo del término. Hoy, vivir según la carne, al menos para los ciudadanos privilegiados del Primer Mundo, puede traducirse en la búsqueda del materialismo craso, en gozar del hedonismo consumista a cualquier precio, en el olvido de Dios y de la praxis religiosa profunda, en la in-consciencia de un futuro desconocido y amenazante. Por eso, y por contraste, el recuerdo de san Juan de la Cruz viene a despertarnos del letargo proponiéndonos una alternativa más humana, racional y cristiana: la vida según el espíritu, la no materialista ni consumista, sino la del uso moderado y racional de los bienes, del control de las apetencias malsanas del ser humano, la superación de muchas aparentes necesidades, impuestas por las leyes del comercio y que la razón descubre como innecesarias. San Juan de la Cruz no sólo ha conocido la propuesta paulina sobre el hombre, su antropología; sino que ha creado su propia filosofía, psicología, teología y espiritualidad, un sistema de pensamiento que devuelve al hombre la dignidad perdida, arrastrado por el imperio y las exigencias irracionales de sus propias pasiones. Pero no es un pensamiento abstracto, sino un camino a recorrer en pasos sucesivos. Las obras de san Juan de la Cruz, como la de otros tantos genios religiosos, están escritas no para ser leídas, sino para ser vividas. Señalo los dos peldaños de su escala mística y liberadora. En primer lugar, el reconocimiento de la propia corrupción interior. Se equivocó Rouseau: el hombre no es naturalmente bueno. El origen de su maldad no está en la sociedad, ni se sanea con la sola educación racional y laicista, cerrada a toda trascendencia. Una visión profunda del hombre, como la que tiene san Juan de la Cruz, le lleva a la conclusión de que el hombre es un ser viciado en su misma estructura metafísica, psicológica y genética, con peca-do original o sin él. Es verdad que la historia demuestra la grandeza del hombre, genial en sus construcciones mentales y en el manejo de los descubrimientos científicos, en los que ha dado un salto cuantitativo y cualitativo. Pero, en el orden ético o moral, es un ser deficiente, tan mediocre y malvado como cuando habitaba en las cavernas y se defendía de todas las intemperies y deficiencias, contra todas las agresiones con el hacha de sílex. El problema no es extrínseco a él, sino que está inviscerado en él. Juan de la Cruz, como pensador original y profundo, psicólogo y poeta místico, ha descrito el fondo oscuro del inconsciente personal y colectivo del ser humano, su fragmentación psíquica y moral, ha profundizado como pocos en ese yo humano, primigenio y ancestral; en la genética más arcaica, en el ADN de la biología y la bioquímica, sin saber nada de los modernos y apasionantes descubrimientos. Lo ha observado todo en el laboratorio de su silencio orante y contemplativo y ha descubierto las raíces más profundas de sus desviaciones éticas, morales y espirituales. Basta leer, a modo de ejemplo condensado, los capítulos que el Santo dedica a la descripción de los “apetitos” o tendencias del cuerpo y de la psique y los “daños” que causan en el hombre, para convences al lector más escéptico. Según él, “causan en el alma dos daños principales: el uno es que la privan del espíritu de Dios; y el otro es que al alma en que viven la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen” (Subida del Monte Carmelo, libro I, caps. 6-10. Noche oscura, libro I, caps. 1-7). El que sigue las tenden-cias de sus “apetitos” vive “según la carne”. En segundo lugar, Juan de la Cruz indica al hombre el camino de la plena liberación de su mundo corrupto mediante el amor en las experiencias místicas más sublimes: destruye para reedificar sobre los escombros. Pocos autores, aun espirituales y místicos, han rebajado tanto al ser humano y que, al mismo tiempo, lo hayan elevado tanto como san Juan de la Cruz. La Subida del Monte Carmelo y la Noche oscura trazan el camino de la purificación mediante las noches oscuras de la fe y las experiencias negativas y dolorosas de la existencia. Con ello rompe la imagen idealizada del hombre y prepara su elevación hasta la unión transformante en Dios. El lector del Santo no puede quedarse en las dos obras citadas, Subida-Noche, sino que tiene que completarlas con la lectura del Cántico espiritual y la Llama de amor vida. En ellas señala el Santo cómo viven los que, superando la carne, viven según el espíritu, que no consiste sólo en seguir las normas que dicta su racionalidad, sino el instinto del Espíritu de Dios y de Cristo, el Espíritu Santo. Quien no acepte o niegue esta profunda visión cristiana del hombre que presenta san Juan de la Cruz, que de veras lo dignifica, no entenderá su poesía mística, se quedará sólo en el ritmo y la eufonía del verso, en la hondura lírica del sentimiento, que lo tiene. El Juan de la Cruz integral está en locuciones como éstas: “Todo el señorío y libertad del mundo, comparado con la libertad y el señorío del espíritu de Dios, es suma servidumbre, y angustia, y cautiverio [...]. La libertad no puede morar en el corazón sujeto a quereres” (Subida, I, 4, 6). “En tanto que el alma se sujeta al espíritu sen-sual, no puede entrar en ella el espíritu puro espiritual” (ib., 6, 2). “La satisfacción del corazón no se haya en la posesión de las cosas, sino en la desnudez de todas ellas y pobreza de espíritu” (Cántico, 1, 14). “La carne codicia contra el espíritu y se pone como en frontera resistiendo al camino espiritual” (ib., 3, 10). Y, glosando el último verso de la segunda canción de Llama de amor viva: “Matando, muerte en vida la has trocado”, escribe: “En la cual vida nueva, que es cuando ha llegado a esta perfección de unión con Dios, como aquí vamos tratando, todos los apetitos del alma y sus potencias, según sus inclinaciones y operaciones, que de suyo eran operación de muerte y privación de la vida espiritual, se truecan en divinas” (2, 32). Textos de Juan de la Cruz que oxigenan el alma entre tanta contaminación ambiental, que no sólo causan los gases tóxicos, sino la inversión de los valores auténticamente cristianos, porque la carne sigue luchando contra el espíritu.