Salmo 14: Huéspedes de Dios

Basta imaginar lo contrario de este salmo para hacerse una idea de la jungla que sería una sociedad sin moral: la injusticia hace alarde, se roba sin vergüenza, la mentira va y viene según el juego de los intereses... Una sociedad en la que el más fuerte tiene la razón, en la que el dinero es el valor supremo y permite comprarlo todo... Recitar este salmo es orar para que el ser humano sea sencillamente eso, un ser humano. “La gloria de Dios es que el hombre viva” (San Ireneo).

1 Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?
 
2 El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
3 y no calumnia con su lengua,
el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
4 el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,
el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
5 el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente
 
6 El que así obra nunca fallará.

1. LA MORADA DE DIOS

Este breve y hermoso salmo establece las condiciones para hospedarse en la tienda de Dios y habitar en su monte. Es una respuesta que da el sacerdote del templo a la pregunta del peregrino que viene con sed de Dios en los adentros, deseoso de gozar de la cercanía y benevolencia de Dios.

El bien supremo para un israelita es tener parte en la mesa donde Dios asegura su protección y bendición. Los peregrinos de Israel simbolizan a todos los orantes que quieren ser huéspedes de Dios, vivir siempre con El, no ser “extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2,19).

El peregrino ha aprendido en el camino a ser humilde, sabe recibir y se acerca al templo con una pregunta orante: “¿Quién puede hospedarse en tu tienda?” ¿Qué hace falta para entrar en la “cena que recrea y enamora”? ¿Qué hace falta para ser amigo de Dios? Las condiciones las pone el que ofrece hospedaje.

2. EXIGENCIAS DE FIDELIDAD

En el frontón de los templos de los dioses estaba escrito el reglamento para la admisión: abluciones, gestos, vestiduras particulares. Todo muy claro. Todos podían saber si estaban en regla o no. Aquí, en cambio, el buscador de Dios no sabe qué hacer, tiene que preguntar.

Sorprendentemente el sacerdote que responde no se fija en pequeñeces y olvida los formalismos. Va al grano, a lo que realmente importa. En su respuesta se olfatea el espíritu de los profetas, que con frecuencia invitan a conjugar fe y vida, oración y compromiso, adoración y justicia social. Nada de carneros ni de arroyos de grasa. Dios no mira tus cosas ni el contenido de tus bolsillos. “Lo que Dios desea de ti es que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios” (Miq 6,6-8); “¡que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo perenne!” (Am 5,21-22).

Dios remite a las tareas cotidianas, a nuestras relaciones humanas, como el primer lugar de encuentro con El. Jesús respondió a una pregunta parecida orientando la mirada y la acción hacia los demás, especialmente a los más pobres (cf Mc 10,17-21). Para ser amigos de Dios hay que ser antes amigos de los demás, sin exclusiones ni privilegios. Sin esto es mejor dejar la ofrenda ante el altar, ponerse a bien primero con los hermano, y luego, sí, volver y presentar la ofrenda (Mt 5, 23-24).

3. AL ESTILO DE LOS DECALOGOS (Ex 20; Dt 5)

Vamos a ver en concreto qué es lo que se pide a uno que quiere cruzar el umbral de la tienda. Antes de nada, algo muy amplio. Puede entrar “el que procede honradamente y practica la justicia”. La justicia es indispensable para el desarrollo del culto. En otras palabras: sin justicia resulta imposible la oración.

De aquí fluyen otras actitudes. Puede entrar “el que tiene intenciones leales”, el que habla como piensa. El que no tiene un corazón doble. El que dice sí cuando hay que decir que sí, y el que dice no cuando hay que decir que no (cf Mt 5,37).

Puede también hospedarse en la tienda de Dios el que no usa la lengua para la calumnia, la difamación o la maledicencia. El que no hace mal a sus prójimos ni difama a los vecinos con la burla o el desprecio orgulloso de no ser como ellos (cf Lc 18,11). La oración no florece en terrenos egoístas y ensimismados; sí brota donde hay amor.

Puede relacionarse con Dios el que no frecuenta a aquellos que practican deliberadamente el mal, y sí se junta con los amigos de orar. "Gran mal es un alma sola entre tantos peligros... Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración... procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima” (Teresa de Jesús). Cuando lo más fácil es adular a los poderosos que se han creado una posición social por su carencia de escrúpulos morales, el salmo invita a honrar a la gente sencilla, aunque a menudo viva en el anonimato. A esta gente Dios la aprecia y la debe apreciar quien aspira a entrar en su casa.

Puede tratar con Dios en verdad el que mantiene la fidelidad a la palabra dada. Y el que no presta dinero a usura, auténtica plaga en la sociedad judía, capaz de estrangular, ayer y hoy, la vida de personas y pueblos mordidos por la deuda en hebreo préstamo con interés es llamado “mordedura”). Los vecinos de los judíos cobraban una tasa de intereses que llegaba en Babilonia al 33% y en Asiria incluso al 50%. Y los mismos judíos no les iban a la zaga.

Como última condición, aparece un rechazo total de las recomendaciones y los sobornos. De esta forma queda denunciado el pecado inextirpable de oriente, pero no solo de allí: la corrupción de los jueces y de los testigos.

El sacerdote ha terminado la catequesis. Es curioso que ninguna de las prescripciones haga referencia directa a Dios, teniendo en cuenta que ha venido a adorar a Dios. ¿No será un poco hereje este sacerdote tan raro? “Si alguien dice: amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso: pues quien no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve...el que ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4,20-21).

Al peregrino le interesaba saber qué es lo que tenía que hacer en el templo. Y se le pregunta sobre lo que ha sido capaz de hacer fuera. La oración empieza en la calle. Gustos raros de Dios. Para estar con El hay que demostrar que se puede estar con los demás de modo adecuado. Una oración es auténtica cuando expresa las verdaderas relaciones entre los miembros de una comunidad. Y estas relaciones no se improvisan en el momento orante. Son preparadas, probadas, realizadas afuera. Si trampeamos en la vida, el culto se convierte en una farsa. Si cada uno no lleva consigo la “nota” justa, los cantos más estupendos salen desafinados. Si la lengua no está limpia, la oración comunitaria se convierte en una blasfemia. Si las manos no está limpias, los gestos más devotos se convierten en escandalosos. Los que desprecian a los prójimos y luego acuden al templo para sentirse seguros, toman el templo por “una cueva de bandidos” (Jr 7,11).

4. EL QUE ASI OBRA NUNCA FALLARA

Al sustituir el “ser recibido” por “no fallará”, se da a entender que morar en el templo es garantía de estabilidad, de solidez. El monte santo ofrece a la existencia humana un fundamento firmísimo, inexpugnable frente a todo tipo de ataque (cf Is 33,16). Dios es la roca del orante.

Entonces, ¿quién podrá sentarse con el vestido de invitado a la mesa de Dios para siempre y beber su vino en la interior bodega? El salmo nos ofrece una seguridad genérica. Las precisiones ulteriores nos las da el Evangelio: “Venid los benditos de mi Padre; tomad en herencia el reino que os está preparado desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer...estaba en la cárcel y me visitasteis” (Mt 25,34-36). “Lo que hicisteis con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Ningún problema con el ceremonial de allá arriba. Basta aprender el ceremonial de aquí abajo, el de la justicia y la caridad.

“Quien obra de acuerdo con estos preceptos, se hospeda en la tienda, habita en el monte. Por tanto, es preciso guardar los preceptos y cumplir los mandamientos. Debemos grabar este salmo en lo más íntimo de nuestro ser, escribirlo en el corazón, anotarlo en la memoria. Debemos confrontarnos de día y de noche con el tesoro de su rica brevedad. Y así, adquirida esta riqueza en el camino hacia la eternidad y habitando en la Iglesia, podemos finalmente descansar en la gloria del cuerpo de Cristo” (San Hilario de Poitiers).

Documentación: Salmo 14