Nuestra resurrección empieza hoy

«Te lo aseguro: el que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu... Tenéis que nacer de nuevo» (Jn 3, 5-6).

¿Sabes, hermana, hermano, que la vida y la muerte son las dos caras de un único y mismo misterio? Nuestro primer nacimiento en la carne, que nos proporcionan un día nuestros padres, lleva injertado un «segundo nacimiento» que olvidamos con frecuencia y del que habla Jesucristo cuando nos dice: «Tenéis que nacer de lo Alto, de agua y de Espíritu, pues lo que nace de la carne es carne y lo que na¬ce del Espíritu es espíritu».

Para el primer nacimiento tú no eliges nada, ni la raza, ni la familia, ni el sexo a que perteneces. Tu segundo nacimiento espiritual es puro don de Dios que te convierte en un hijo adoptivo para quien el Espíritu abre el Reino de los cielos. Pero hace falta toda una vida para salir de nuestra ganga de tierra, de ese «ego» centrado en uno mismo y sometido a los impulsos de la naturaleza, de ese ser prisionero de sus tendencias y pasiones. Hace falta toda una vida para llegar a ser hijo o hija a los ojos del Padre, para llegar a ser hermano o hermana de verdad. Este nuevo nacimiento, presupone una lenta y dolorosa metamorfosis, una paciente configuración, fruto de una larga y sufrida conversión.

Es preciso acoger, día tras día, el Amor de Dios, don del Espíritu Santo, que es la fuente y el dinamismo de esta gestación imprescindible. Nuestra resurrección al Más Allá, nuestra entrada en la Vida verdadera, no es sólo algo del mañana, o de la hora de nuestra muerte, sino que empieza hoy.

El cielo no está detrás de las nubes, sino en lo más hondo de nuestra alma. Nuestra inmortalidad la estamos viviendo hoy, ahora, cada vez que nos sobreponemos a nosotros mismos para amar.

Amar es ya resucitar, porque el Amor es Vida. Día tras día tenemos que ir modelando el rostro de nuestra eternidad porque... Sólo el amor personaliza al ser humano. Sólo el amor humaniza al ser humano. Sólo el amor diviniza al ser humano.