Salmo 101: "No me escondas tu rostro"

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Nos cuesta mirar lo que no queremos ver: al ser humano humillado, despreciado y crucificado; al que vive cerca y al que vemos y escuchamos en los medios de comunicación. Muchas veces nos preguntamos por el silencio de Dios ante este grito de dolor de los pueblos pobres y no sabemos qué respondernos. La oración del salmista nos muestra una imagen nueva de Dios, la de un Dios que "escucha los gemidos de los cautivos, de los oprimidos", de los sin voz y se hace solidario con el dolor de la humanidad, reconstruyéndola con amor.

 

Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti; no me escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame en seguida. Los gentiles temerán tu nombre, los reyes del mundo, tu gloria. Cuando el Señor reconstruya Sión y aparezca en su gloria, y se vuelva a las súplicas de los indefensos, y no desprecie sus peticiones. Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor. Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte.

 

  • Ponte ante Dios y acepta su mirada. María cantó al Dios que mira nuestra pequeñez.
  • Lleva a la oración los rostros más heridos de las personas que llevas en tu corazón y la de aquellos que hoy has escuchado en la televisión, en la radio, o leído en el periódico. Reza, en nombre de todos, este salmo.
  • Déjate evangelizar por los pobres, los sencillos, los pequeños. "Derrama, Señor, tu fuerza y tu inspiración sobre los que aman la vida y la defienden, sobre los que reparten esperanza a los demás."

 

  • Cuando salgas hoy a la calle "mira y escucha" el rostro de las personas con las que te vayas encontrando. No pases de prisa, ni de largo. Cada una de ellas lleva dentro de sí una pena oculta, una desesperanza, un desencanto, un dolor fuerte. Llévalas y preséntaselas a Jesús crucificado.