La Mesa de la Palabra

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El sábado pasado, por la mañana, vi una escena en este precioso paseo del Empecinado, que me llamó la atención. Unos jóvenes estaban sentados en el suelo junto a sus mochilas. Hablaban, se miraban, como si nada existiera más aparte de ellos. Al cabo de una hora volví a pasar por el mismo sitio y allí seguían. La escena, emocionante aun en la sencillez, me pareció una auténtica mesa de la palabra. El concilio Vat II, con la valentía que solo da el Espíritu, se atrevió a soñar una Iglesia que se alimentara en la mesa de la Palabra, una mesa de abundantes manjares. Después de siglos de exilio, entraba la Palabra en medio de la Asamblea, con la consiguiente alegría de muchas gentes que estaban esperando ese momento como espera la tierra reseca la lluvia. Hace unos años tuvieron mucho eco los tres sueños del entonces arzobispo de Milán, el cardenal Martini, en el transcurso del Sínodo sobre Europa. Uno de los sueños se refería a la Palabra: “Sueño que la Biblia se convierta en el libro del futuro para el continente europeo, especialmente para los jóvenes”. Una mujer biblista, Dolores Aleixandre, puesta a soñar soñó también otro sueño que tiene que ver con la mesa de la palabra: “Y sucederá aquel día que en la Iglesia se escucharán con alegría las voces nuevas de los que llevaban tantos siglos de silencio: la voz de los pobres y la voz de los pequeños, la voz de los que saben amar, la voz de las mujeres, la voz de los laicos”. Nuestro encuentro de Amigos de Orar también es una mesa de la palabra. De desconocidos que éramos nos vamos haciendo amigos por las mil palabras, verbales o no, que nos decimos cada día. Este es un lugar donde se habla, donde se ríe. La palabra y la alegría indican el manantial, donde la voz del Amigo se hace torrente. Voy a dar unas pistas por si os sirven para el camino. La pretensión es que se despierte en cada uno de nosotros, como decía el profeta Amós, hambre de la Palabra de Dios.

1.- Encontrar motivos para escuchar la Palabra

No es bueno empezar ningún camino sin encontrar antes un motivo. El que tiene un porqué profundo soporta cualquier cómo. Ortega y Gasset decía: “Que no sabemos lo que nos pasa: eso es lo que nos pasa”. El problema de la Eucaristía, y en concreto de la Palabra, es que quizás tenemos cada vez menos claro de qué se trata. Y puestos a hacer cosas sin sentido, hay miles de cosas mucho más atrayentes en los escaparates de la sociedad. No estará mal que nos preguntemos: ¿Por qué tenemos que escuchar la Palabra de Dios y por qué tenemos que escucharla dentro de la Eucaristía?

Pocos pasajes dan una respuesta tan honda como el Prólogo del evangelio de Juan. En él, Dios se muestra rebosante de palabra, con ganas de decirse y de comunicarse con nosotros para establecer una alianza. Dios no es mudo ni sordo como los ídolos “que tienen boca y no hablan” (Sal 135,16). ¡Qué bien recoge todo esto la Dei Verbum cuando dice: “El Padre sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 21). “Movido de amor, habla a los hombres como amigos, para invitarlos y acogerlos en su compañía” (DV 2). Comunicarse, encarnarse, entregarse es todo uno.

La Palabra (dabar) es decir y hacer. Pero el colmo llega en la quinta estrofa del Prólogo, cuando nos encontramos con una afirmación inesperada: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Dios se ha desposado con el vocabulario humano. Parafraseando esta hermosa y atrevida expresión podemos decir: “La Palabra se hizo eucaristía”, Jesús, “hablando palabras de Dios, vino a contarnos la intimidad de Dios” (DV 4). No podemos entender la Eucaristía sin la Palabra. Ambas son lo que Dios quiere decirnos, todo lo que puede decirnos. “En darnos, como nos Dios a su hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tienen más que hablar” (San Juan de la Cruz).

Por la Palabra se entabla la comunicación, se hace presente la comunión entre Dios y nosotros. “Cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio” (IGMR, 9). La Palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha. Jesús es del Padre y nuestro, es el gran símbolo que nos une con Dios. Es curioso que la más antigua celebración de la Palabra según la Biblia coincida con la primera celebración de la alianza del Sinaí, según Ex 24,1-11. En esta celebración primero hay una proclamación de la Palabra: “Moisés tomó el libro de la alianza y lo leyó en presencia del pueblo, el cual dijo: ‘Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor y obedeceremos"”(Ex 24,7). A continuación está el sacrificio de la alianza: “Moisés tomó la sangre de las víctimas que habían sido inmoladas, roció con ella al pueblo y dijo: ‘Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros mediante todas estas palabras” (Ex 24,8). Por último está la comida de comunión. “Moisés subió, acompañado de los setenta ancianos de Israel. Contemplaron al Dios de Israel... comieron y bebieron” (Ex 24,9-11). De ahí que la Iglesia considere importantísimo que el pueblo de Dios en la acción litúrgica se alimente tanto del Pan de vida como de la Palabra de vida, de acuerdo con aquella conocida expresión de san Agustín: “En la Iglesia, la Palabra de Cristo no recibe menos veneración que su cuerpo” (Sermón 56).

En la Escritura recibimos a Cristo como lo recibimos en la Eucaristía, no solamente porque la Escritura da testimonio de Él sino porque también aquella encuentra en Él su cumplimiento y su realización. “Por lo que a mí respecta creo que el Evangelio es el cuerpo de Cristo”, decía san Jerónimo. “Donde no hay Palabra practicada de un modo comprometido y serio, nacen formas de piedad sentimentales, arideces teológicas entre los intelectuales cultivados, desplazamientos de interés y atención hacia aspectos secundarios del mensaje cristiano, individualismo y pérdida del sentido comunitario, gusto por las innovaciones al precio que sea, pérdida de la savia vital de la tradición y la idolatría de los pretendidos signos de los tiempos” (Enzo Bianchi).

Solamente la Palabra escuchada, acogida, conservada y meditada es capaz de crear los profetas capaces de opciones liberadoras y de vanguardia, los hombres que, fieles a la tierra y a la humanidad, nos hablarán de Dios.

2.- Afinidad entre la mesa de la Palabra y la mesa del Pan.

En la Eucaristía se refleja toda la historia de la salvación, como en una gota de rocío prendida de una hoja en una mañana clara y serena se refleja la entera bóveda celeste. Necesitamos redescubrir la vinculación entre la Palabra y la Eucaristía, es un paso indispensable para una auténtica renovación de la celebración de la misa. Habitualmente se considera la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística –las dos mesas de la Misa- como independientes una de otra. La primera parece como una preparación (antes del concilio se hablaba de ante-misa), una catequesis bíblica, una enseñanza moral; y la segunda era realmente la misa, la parte más importante, de tal modo que bastaba llegar para el ofertorio para que la misa fuera válida.

En la Palabra de Dios se anuncia la Alianza divina, y en la mesa del Pan se renueva esa misma alianza nueva y eterna. En una, la historia de la salvación se recuerda con palabras; en la otra, la misma historia se expresa por medio de signos sacramentales de la liturgia. ¿Cómo vincular estos dos momentos? Precisamente es la función de la homilía, que ha de ser como bisagra entre las dos partes. “La homilía, como parte de la liturgia, es ocasión privilegiada para exponer el misterio de Cristo en el aquí y ahora de la comunidad, partiendo de los textos sagrados, relacionándolos con el sacramento, y aplicándolos a la vida concreta. La proclamación no es tanto un tiempo de catequesis, sino de diálogo de Dios con su pueblo al que la asamblea creyente responde con la plegaria de acción de gracias y alabanza, verdadera oración contemplativa.

La Palabra celebrada no es solo teología (palabra sobre Dios) sino sobre todo teurgia (Palabra de Dios), es decir, lo importante no es lo que se dice, sino lo que acontece. Existe una gran afinidad entre la Eucaristía y la Encarnación. En la Encarnación dice san Agustín: “María concibió al Verbo antes en la mente que en el cuerpo”. ¿Qué podemos ofrecer que no haya sido engendrado por la Palabra? Jesús, mediante una larga catequesis bíblica, le ayuda con una paciencia admirable, a volver a la luz de la fe: “Empezando por Moisés y continuando por tos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras” (Lc 24,27).

Gracias a la explicación luminosa de las Escrituras, habían pasado de las tinieblas de la incomprensión a la luz de la fe y se habían hecho capaces de reconocer a Cristo resucitado “al partir el pan” (Lc 24,35). El efecto de este cambio profundo fue un impulso a ponerse nuevamente en camino, sin dilación, para volver a Jerusalén y unirse a “los Once y a los que estaban con ellos” (Lc 24,33). El camino de la fe había hecho posible la unión fraterna. El nexo entre la interpretación de la palabra de Dios y la Eucaristía aparece también en otros pasajes del Nuevo Testamento,. San Juan, en su evangelio, relaciona esta palabra con la Eucaristía, cuando, en el discurso de Cafarnaún, nos presenta a Jesús que evoca el don del maná en el desierto reinterpretándolo en clave eucarística (cf Jn 6,32-58).

En la Iglesia de Jerusalén, la asiduidad en la escucha de la Didaché, es decir, de la enseñanza de los Apóstoles basada en la palabra de Dios, precedía a la participación común en la Eucaristía.

3.- ¿De que se compone la mesa de la Palabra?

Ya hemos dicho que el Concilio quiso dejar clara la importancia que la Palabra de Dios habría de tener en la liturgia renovada (SC 24) con el de revitalizar la fe y mejorar la vida cristiana de los creyentes. Porque “la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el cuerpo de Cristo, pues todo en la sagrada liturgia nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo” (DV 21), invitó a “abrir con más amplitud los tesoros de la Biblia” (SC 51). Precisamente uno de los aspectos más importantes de la vida espiritual del cristiano en los años del postconcilio ha sido el descubrimiento de la Palabra de Dios.

El magisterio ha podido hablar de una presencia real de Cristo en la palabra. Enseñanza maravillosa que, tras siglos de olvido o de dejadez, restaura la Palabra al lugar que le asignaba la tradición. “En mi opinión, afirmaba san Jerónimo, estimo que el evangelio el cuerpo de Cristo y que las Sagradas Escrituras son su doctrina. Cuando el Señor habla de comer su carne y de beber su sangre, esto puede entenderse ciertamente en relación con el misterio de la eucaristía. No obstante, su verdadero cuerpo y verdadera sangre son también la palabra de las Escrituras y su doctrina”. ¿Todavía seguimos creyendo que lo importante en la Misa es la Consagración y Comunión y que la Palabra es mera introducción y que tiene menos importancia? El reto siempre está a la vista: que la Palabra sea verdadero alimento de la comunidad.

Una de las tareas primeras para ello fue la renovación del Leccionario. La edición típica del nuevo Leccionario apareció el 25 de mayo de 1969. Fue acogida por la comunidad cristiana el primer domingo de adviento, el 30 de noviembre de 1969. El Leccionario más antiguo de la Iglesia romana, que contenía epístolas y evangelios, data del siglo VII. El nuevo Leccionario sustituye, por lo tanto, a un libro que había servido a la comunidad durante doce siglos. Para que el convite de la Palabra de Dios esté preparado para los fieles con mayor abundancia, se han abierto con mayor generosidad los tesoros de la Biblia, de manera que en un ciclo de tres años de duración, sean leídas al pueblo en los días festivos las partes más importantes de las Sagradas Escrituras.

La epifanía de la Palabra de Dios en la comunidad cristiana a que asistimos hoy, se debe en parte al nuevo Leccionario ferial y festivo, elaborado y compuesto con una inteligencia espiritual digna de encomio. El Leccionario festivo se compone de Lecturas del Antiguo Testamento, escogidas siempre en función del Evangelio, ilustrando así lo que la tradición gustaba de llamar la sinfonía eclesial de los coros del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¿Por qué leer textos del Antiguo Testamento? Porque son prefacio, preparación, prefiguración y anticipo parcial del Nuevo Testamento. Debe notarse la estructura de diálogo que el Leccionario ha establecido entre la palabra que procede de Dios y la palabra que procede de la comunidad, para que la Palabra de Dios no quede sin respuesta.

Así a la palabra de Dios del Antiguo testamento la comunidad responde con el salmo. A las Epístolas del Nuevo Testamento, la comunidad responde cantando la recepción del Evangelio. A la Palabra de Dios en el Evangelio, la comunidad responde con la oración universal. Pero esta respuesta de la comunidad a la Palabra la asume sobre todo el salmo responsorial, donde está siempre velado el rostro de Jesús, y que debe hacerse, a se posible cantado o proclamado de modo especial. “Cantar es propio de los que aman”, decía san Agustín. Es el cántico de la alianza. Dios habla a su pueblo realizando maravillas para él. El pueblo responde celebrando estas maravillas. Así, cuando Dios conduce al pueblo del éxodo a través del mar Rojo, Miriam, tocando el tambor, detrás de Moisés, celebra al Señor que ha arrojado al mar al caballo y al jinete (Ex 15,1.21). Cuando Dios libera a Ana de su esterilidad dándole al pequeño Samuel, Ana responde celebrando al Señor que da a la mujer estéril la posibilidad de parir siete veces (1Sam 2,5). Cuando Dios libera a Tobías de su ceguera, éste responde celebrando al Señor que hace levantarse su luz en Jerusalén a la vez que en su corazón (Tob 13,11). Y en el Nuevo Testamento, cuando Dios bendice la virginidad de María concediéndole que se convierta en madre de Jesús, María glorifica al Señor, exulta en Dios su salvador, en ese Jesús que lleva en su interior. En la mesa de la Palabra ocupa un lugar destacado la lectura del Apóstol, tanto en los Hechos como en las Epístolas y en el Apocalipsis.

Estos libros “confirman la realidad de Cristo, van explicando su doctrina auténtica, proclaman la fuerza salvadora de la obra divina de Cristo; cuentan los comienzos y la difusión maravillosa de la Iglesia, y predicen su consumación gloriosa” (DV 21). El aleluya y la procesión del evangelio. Aleluya es la castellanización del hebreo halelu Yah, que significa Alabad a Yavé. Es una invitación a la alabanza. La función ministerial es acompañar la procesión del evangeliario. El sacerdote toma el evangeliario, palabra de Cristo, de encima del altar, que representa a Cristo, y lo lleva al ambón, lugar de la palabra de Dios. En las iglesias bizantinas el evageliario es ordinariamente el tesoro más rico. El Ordo lectionum escribe con lirismo: “El anuncio del evangelio constituye la cima de la liturgia de la Palabra.

La colocación del evangeliario sobre el altar es como su entronización”. Entre las procesiones que se desarrollan durante la misa, la del evangeliario debería ser la más alegre y la más festiva. El Ordo de la liturgia anglicana decía: “Avanza la procesión del santo evangelio, al igual que el poder de Cristo triunfando de la muerte, en medio de los cantos. El diácono sube al ambón, como Cristo a la sede del Padre, y desde allí proclama los dones de la vida”.

Muchas comunidades han enriquecido este momento con flores, luces y danzas. El hombre no vive solamente del pan de las palabras evangélicas claramente proclamadas, sino también de la alegría y de la belleza. Progresivamente, la alegría invade nuestras celebraciones. Al danzar para el Señor, estas comunidades cumplen la voluntad de Dios, que dijo a través del Espíritu Santo: “Alabadlo con danzas” (Sal 150,4). El Evangelio es la Buena nueva, el mensaje gozoso por excelencia, que es el mismo Cristo, el único Maestro, el único Salvador, el único Liberador compañero de viaje, nuestra luz, nuestra verdad, nuestra vida. Especialmente el Nuevo Testamento tiene que convertirse en nuestro vademecum, uno de los distintivos de los verdaderos fieles. “Tenlo siempre al alcance de tu mano”, nos recuerda san Jerónimo. Santa Cecilia “nunca dejaba ni de día ni de noche de conversar con Dios, porque llevaba siempre consigo, sobre su pecho, el Evangelio”. El incienso, las luces, las flores, el júbilo festivo, la bendición al diácono, el beso al libro y el altar como espacio propio del Evangeliario muestran su dignidad y la honra que la Iglesia siempre ha concedido a la Palabra de Jesucristo.

La proclamación del evangelio es considerada como la cima de la celebración de la Palabra. Todos los textos tienen la misma dignidad que la lectura del Evangelio. “Los escritos de Moisés son las palabras de Cristo”, decía san Ireneo. Pero es aquí, en la lectura del evangelio, donde se realiza de manera más visible la enseñanza del concilio: “Cuando se lee en la iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla” (SC, 7). El evangelio corona las otras lecturas, la palabra de Jesús corona la de los profetas. “Dios, después de haber hablado muchas veces y en diversas formas a nuestros padres por medio de los profetas, en estos días, que son los últimos, nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,1-2).

La lectura del evangelio es una celebración de Cristo. Realmente es a él a quien se aclama, y no al libro, cuando se dice al comienzo de la lectura del evangelio: “Gloria a ti, Señor”. Y al final: “Gloria a ti, Señor Jesús”. En algunas comunidades coptas y etíopes toda la comunidad besa el libro, como se hace con la cruz de Cristo el viernes santo.

El sacerdote, al besar el evangelio, deja de manifiesto, ante toda la comunidad, su amor y su adoración hacia Cristo, el Señor que ha seducido su corazón. Quiero traer un precioso testimonio de santa Teresita: “No tengo más que mirar el Santo Evangelio, inmediatamente respiro los perfumes de la vida de Jesús” (Santa Teresita). “Si el evangelio le interesa es porque es palabra viva y guarda la viva presencia de Jesús.

De la palabra de Dios, a Teresa, primero y antes que nada, le importa la presencia personal: el aroma, la voz, la mirada del Señor. Le interesa la huella reciente de Jesús. Teresa busca en la palabra los labios, en el texto la voz, en la lectura la presencia. Encuentra a través de su mirar el texto la mirada de Jesús, en su voz su voluntad, en el relato de sus gestos su amor. El evangelio de Teresa es evangelio contemplado, pasado muchas veces por su memoria y por su oración” (Gabriel Castro).

El ambón. Una palabra acerca de él. El pasado había inventado lugares de esplendor para proclamar la Palabra. Algunos púlpitos de nuestras catedrales son verdaderas joyas de piedra. “La dignidad de la palabra de Dios requiere que exista en la Iglesia un lugar que favorezca el anuncio de esta Palabra... Conviene que ese lugar sea, por regla general, un ambón estable y no un simple púlpito móvil...” (IGMR,272). La teología de las dos mesas, la de la palabra y la de la eucaristía, no debe expresarse en el plano intelectual, sino también en el plano de la arquitectura. Otra palabra sobre el lector. No es dueño de la Palabra, ni tampoco la Palabra procede de él; no es autor, sino actor. Es solo transmisor y lo que se espera de él es que sea buena voz de Dios. Es preciso que conozca la técnicas de lectura, como el uso de la voz o la dicción, la interpretación del texto, la lectura en público, el análisis de la frase, la respiración, las pausas, la entonación, el volumen, la pronunciación, el uso del micrófono, el ritmo, el tono, las palabras claves, la puntuación.... (cf J. Urdeix, La técnica de la proclamación de la Palabra de Dios, “Pastoral Litúrgica” 229-230).

La homilía es parte de la liturgia, y muy recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Es la traducción y la explicación de la Palabra de Dios, la actualización de la Palabra de Dios al nivel de la comunidad celebrante. El ejemplo más típico es en este caso la homilía de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Después de la lectura del libro de Isaías, Jesús comienza su homilía con estas palabras: “Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura” (Lc 4,21). La palabra griega homilía significa reunión, compañía, de donde deriva la idea de encuentro familiar. Es palabra de Dios a nivel de la comunidad celebrante.

La regla de oro para el orador es la siguiente: “El que tenga el don de la palabra, que use de él como el que comunica palabras de Dios” (1Ped 4,11). La regla de oro para los oyentes es recibir estas palabras como palabras de Dios. “Al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino como lo que es en verdad, la palabra de Dios” (1Tes 2,13). En esa renovación deseada por el Vaticano II, encaminada a transformar la pesada institución eclesial en una Iglesia Bíblica, no en una iglesia de biblistas cuya principal preocupación sería la exégesis, sino en una Iglesia enraizada en la Palabra, la homilía es un paso obligado.

En busca de la difícil homilía habría que conjugar estos aspectos: ser breves y tocar la Biblia y la realidad; ser directos y no ser moralizantes: tener cierta altura y ser sencillos. Esta renovación de la homilía concierne también a todos los que escuchan la Palabra, es decir, a la comunidad cristiana. Porque hay un umbral en la conciencia de todo bautizado que ningún predicador puede franquear, el umbral donde muere el ruido de las palabras humanas, donde todos deben volver a decir con el pequeño Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1Sam 3,10). Esa homilía irreemplazable nadie puede pronunciarla en nuestro lugar. Se escucha en el silencio y la adoración, se actualiza en el amor de la obediencia.

Todo cristiano es una palabra de Dios para sus hermanos. El pueblo responde a la palabra de Dios con la profesión de fe. Si la fe es esencial en la eucaristía, llamada con justicia “el misterio de la fe”, el Credo tiene gran valor emocional y simbólico, es la afirmación de la unicidad de la fe a través de los siglos. Pero toda la eucaristía es el misterio de la fe. La mejor confesión de fe es la celebración misma de la eucaristía. Vivir según el evangelio es la mejor profesión de fe. La plegaria universal. Es uno de los mayores logros de la reforma litúrgica. “El pueblo, alimentado por la Palabra, suplica con la plegaria universal por las necesidades de la Iglesia y por la salvación del mundo entero”(PGMR,33): Necesidades de la Iglesia, dirigentes de los asuntos públicos, salvación del mundo entero, los que están abrumados por dificultad, comunidad local (Misal 45-46). Un breve tiempo de silencio es necesario antes de llamar la respuesta de la asamblea, a fin de interiorizar lo que se ha pedido.

La plegaria universal es un misterio de amor. El amor nos une al mundo. Cada iglesia particular debe “representar del modo más perfecto posible a la Iglesia universal” (Ad Gentes, 20). En cada comunidad, incluyendo la más humilde y pequeña, reposa, por lo tanto, el porvenir de la Iglesia y de la humanidad. Los miembros de la comunidad se hacen cargo de las necesidades de todos los hombres. El pueblo sacerdotal intercede por todo el universo. La plegaria universal es el misterio de amor que liga a esa comunidad con el universo. Cuando el rey Ezequías, en los tiempos de Isaías, recibió la carta de Senaquerib anunciándole que los asirios iban a incendiar Jerusalén y pasar a sus habitantes a cuchillo, subió al templo, desplegó la carta ante el Señor y dijo: “Abre, ¡oh Señor!, tus ojos y mira” (2Re 19,16).

4.- Formar la comunidad para que pueda participar

En tiempos de novedad, hablamos de un rito repetitivo. En tiempos de creatividad, hablamos de una pasividad acostumbrada durante siglos. Recuerdo cuando llegó un nuevo sacerdote a mi pueblo. Invitó a la gente a que se quedara en la Iglesia, al finalizar la Eucaristía, para tratar algunos asuntos entre todos. A la primera pregunta que les hizo contestó una señora mayor diciendo: Hágalo usted. Como se ha hecho siempre. Y ahí se terminó la asamblea. ¿Cómo dar pasos de la pasividad a la creatividad? La pasividad es incompatible con el significado profundo de la Eucaristía.

Pero al hablar de unas celebraciones eucarísticas más participadas “ni el clero ni el laicado pueden materializar su deseo sin topar con una estructura de relaciones de la que todos somos herederos y que muchas veces se resite a desaparecer... No nos engañemos: es una verdadera conversión eclesial y eclesiológica a la que todos estamos llamados” (R. Parent). “El mundo se salvará por la belleza”, decía Dostowiesky; y la belleza siempre es creativa. La creatividad es la entrega de la vida. Dar sin darse es la mejor forma de justificarse. ¿Cómo dar pasos del individualismo a la comunión?, ¿del yo a la relación con los otros? ¿Cómo aprender a ensanchar el espacio de la tienda, para que sea tienda de encuentro donde la novedad sea el compartir? “El fracaso de muchas celebraciones es fracaso de la comunidad.

Sin exigencia comunitaria no es posible sustentar una buena liturgia a largo plazo, ni tan siquiera con un buen celebrante. O se forma una comunidad o la liturgia es pura rutina de cumplimiento. Solo existe celebración cuando el sujeto de sustentación es grupal o comunitario” (C. Floristán). Todo lo que sea trabajar por recuperar espacios donde sea posible la intimidad y la cultura de la comunicación nos permitirá perforar la trivialidad y monotonía que pueden llegar a tener muchas de nuestras eucaristías para encontrarnos con la eterna novedad y belleza que toda Eucaristía lleva dentro.

Voy a leer tres textos del concilio Vat II que invitan a esta participación comunitaria, sin la cual el misterio queda desdibujado.

“La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano” (SC 14).

“La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a la Eucaristía como extraños y mudos espectadores, sino que participen consciente, piadosa, y activamente en la acción sagrada” (SC 48).

“Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales” (SC 30).

La comunidad se prepara para la escucha de la Palabra y la escucha de la Palabra hace a la comunidad. El pueblo, después de regresar del exilio, se reencuentra con su identidad escuchando en pie toda la Torah y renovando al mismo tiempo la alianza (Neh 8,1-13). Una comunidad, para que sea viva y pueda celebrar, necesita encontrar su sitio, su tarea, su palabra.

5.- Silencio para la Palabra

Pretendemos caer en la cuenta de algo tan sencillo como esto: la condición para la escucha es el silencio. Quien quiere aprender a orar, a alimentarse con la Palabra tiene que aprender el arte del silencio que hace posible ser tierra buena. Un silencio, que no se impone desde fuera, sino que brota desde dentro, como si fuera una manantial inagotable. Es lo que cantamos tantas veces: “Busca el silencio, ten alerta el corazón. Calla y contempla”.

El silencio es todo eso necesario para poder escuchar la Palabra y muy necesario también dentro de la celebración litúrgica. Frente a formas de vivir el tiempo amenazado por la ansiedad y la descreación, intentamos saborear el presente, habitarlo, aguantar la realidad que se nos resiste, superar las tentaciones de nostalgia o de ensoñación y acoger las posibilidades que encierra el aquí y el ahora.

No es fácil encontrar ese clima necesario para la escucha de la Palabra. “Esto dice aquel cuyo nombre es ‘Palabra de Dios’ y su voz como rumor de grandes aguas: “Conozco tu conducta, sé que tienes deseos de trabajar por la gloria de mi Dios y por un mundo de hermanos. Madrugas y trasnochas, te esfuerzas y te fatigas, vas y vienes de reunión en reunión, planificas y programas, defines objetivos y formulas estrategias, llevas grupos y tratas de invertir tu talento en bonos del tesoro del reino. Pero corres el peligro de creerte que todo el negocio es cosa tuya, y eso te tiene tan agobiado y tenso que, cuando un huésped desconocido llama a tu puerta, no eres capaz de oír su voz” (Dolores Aleixandre).

La parábola del tesoro escondido o de la perla preciosa (cf Mt 13,44-53) podríamos contarla así: El reino de los cielos se parece a un hombre que vendió todas sus palabras para comprar un silencio. Cuando el silencio fue suyo, entró en él, de puntillas, sin hacer ruido... Lo sembró, lo regó, lo cuidó... Y al poco tiempo brotó una “Palabra jamás oída”. Él la escuchó sin decir nada.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Los ritos iniciales de la Eucaristía preparan para la escucha como el deseo es la antesala del encuentro. Para escuchar se necesita un clima de tranquilidad, silencio, atención amorosa. La forma como nos preparamos para cualquier acontecimiento tiene mucho que ver con la riqueza del mismo. Solemos tener la tendencia a dar poca importancia a los ritos iniciales, considerándolos solamente como un tiempo para acomodarnos y empezar a prestar atención.

Los ritos iniciales tratan de crear ambiente de comunión, de unidad en torno a Cristo, de conciencia del misterio que está revelándose. La acogida, el saludo inicial, la colocación de la asamblea, el perdón, la alabanza y la oración común acallan la vida y preparan para la escucha. “A la media noche se oyó un clamoreo: ‘Ahí está el esposo, salid a su encuentro” (Mt 25,6). “Oculto y silencioso es el camino por el que la gracia se adentra en los corazones” (Simone Weil).

6.- Mirar la realidad

Quizás nos pueda sorprender que, para acercarnos a la Palabra, tengamos primero que mirar con los ojos abiertos la realidad que tenemos delante. ¿Por qué tenemos que hacer esto? Porque interpretar la Biblia sin mirar la realidad de la vida del pueblo de ayer y de hoy es lo mismo que mantener la sal fuera de la comida, la semilla fuera de la tierra, la luz debajo de la mesa. Los que se acercan a la Palabra tienen que decir: “Nada humano nos es ajeno” (GS 1) ¿Por qué la realidad de la vida es tan importante para que podamos entender la Palabra? Es porque la Biblia no es el primer libro que Dios escribió para nosotros, ni el más importante. El primer libro es la naturaleza, “que Dios silabea igual que una palabra”; son los hechos, los acontecimientos, la historia, todo lo que existe y sucede en la vida del pueblo y en la vida de cada uno de nosotros y de nuestros grupos; es la realidad que nos envuelve; es la vida que vivimos.

Dios quiere comunicarse con nosotros a través del libro de la vida. Por medio de ella Dios nos transmite su mensaje de amor y de justicia. Pero nosotros organizamos el mundo de tal manera y creamos una sociedad tan torcida que ya no es posible darnos cuenta de la llamada de Dios encerrada dentro de la vida que vivimos. Por eso Dios escribió un segundo libro: La Biblia. Este segundo libro no vino a sustituir al primero. La Biblia no vino a quitarle su lugar a la vida. ¡Todo lo contrario!

La Biblia fue escrita para ayudarnos a entender mejor el sentido de la vida y a percibir más claramente la presencia de la Palabra de Dios dentro de nuestra realidad. San Agustín resumió todo esto de la siguiente manera: La Biblia, el segundo libro de Dios, fue escrita para ayudarnos a “descifrar el mundo”, para devolvernos “la mirada de la fe y de la contemplación”, y para “transformar toda la realidad en una gran revelación de Dios”. Por eso, quien lee y estudia la Biblia, pero no mira la realidad del pueblo de ayer y de hoy, es infiel a la Palabra de Dios y no imita a Jesucristo, que estaba atento a todo lo que le rodeaba y sabía mirar y encontrar en lo que veía el rostro del Padre, y sabía escuchar el grito de Dios en todos los orillados de los caminos, y sabía compartir y encontrar el corazón generoso de Dios en los cinco panes y dos peces que un niño puso en medio para que comenzara la fiesta del compartir, y sabía meterse en medio de las personas para acompañarlas hacia el manantial de la vida.

En la liturgia de la Palabra, antes de la proclamación de las Lecturas, la comunidad reunida debería pode recuperar brevemente los hechos de vida más significativos de la semana: unos hechos que la Palabra revelada quiere iluminar. Porque es entonces cundo la Palabra de Dios, referida a la vida concreta de las personas, se convierte en “palabra viva y eficaz, más cortante que una espada de dos filos” (Heb 4,12).

7.- No cruzar de prisa el paisaje

“Las celebraciones litúrgicas no son principalmente el tiempo de un discurso teológico, aunque eso, evidentemente, siempre lo sea. Ante todo, son una acción destinada a ser eficacia real y bienhechora de los participantes. El hacer es más importante que el decir”. “El lenguaje religioso de la Biblia es un lenguaje simbólico que “da que pensar”, un lenguaje del cual no se termina de descubrir las riquezas de sentido, un lenguaje que procura alcanzar una realidad transcendente y que, al mismo tiempo, despierta a la persona humana a la dimensión profunda del ser” (Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Vaticano 1993) II, A, 1. Pretendemos caer en la cuenta de la emoción que lleva toda palabra, la que decimos y la que escuchamos.

La palabra, sea hablada o escrita, melodiosa o monótona, transparente o confusa, es siempre algo maravilloso. La palabra es pura gratuidad. “El primer sentimiento simple que quiero compartir con vosotros es lo que disfruto cuando realmente puede escuchar a alguien. Me pone en contacto con él. Enriquece mi vida” (Rogers). La palabra de Dios es el más hermoso regalo hecho a la criatura. Es más dulce que la miel en la boca (Sal 119,103). Es gozo y alegría del corazón (Jer 15,16).

Es más preciosa y apetecible que el oro (Sal 19,10-11). Es lámpara que ilumina (Sal 36,10; 139,105). Es consuelo y fortaleza (Sal 119,29.28.50). Es alimento y vida (Dt 32,46-47). Es sanación (Sab 16,12). Congrega lo disperso (Is 2,2-3). La Palabra de Dios es una palabra nupcial; es Cristo quien habla a su esposa; la iglesia es quien la acoge y la cumple. Es una palabra de amor, no moralizante sino mística. Pocos textos narran con tanta belleza la emoción que experimenta la esposa al oír la voz de su amado, que el Cantar:

Ella: Oíd a mi amado que llega... Mi amado me canta: El: Levanta, princesa, y vente conmigo. Déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz: ¡cómo acaricia tu voz, cómo encanta tu figura! (Cantares 2,8-14)

La celebración de la Palabra de Dios es el fundamento de todo renovación de la Iglesia y de los cristianos. “Gran mal es el desconocimiento de la Sagrada Escritura” (Vida 40,1). La palabra escuchada prolonga su perfume durante la jornada y llena de buen olor toda la casa. “Cuenta Rilke que, en París, pasaba siempre junto a una mujer a la que arrojaba una moneda en el sombrero. La mendiga permanecía totalmente impasible, como si careciese de alma. Un buen día, le regaló una rosa. Y en ese momento su rostro floreció. El vio por primera vez que ella tenía sentimientos. La mujer sonrió, luego se marchó y durante ocho días dejó de mendigar porque le habían dado algo más valioso que el dinero”.

8.- ¿Cómo escuchar?

La Palabra no se escucha como si se tratara de una composición literaria agradable y estimulante, ni tampoco se trata de una lectura privada individual, sino que se lee oficialmente y se escucha como la palabra viva y eficaz, actualizada por el mismo Cristo que se prolonga en su Iglesia y en la historia de la humanidad. Se escucha a Cristo mismo, sacramento original de salvación y ministro principal de la gracia. “Esta palabra es viva ... en la boca del predicador, viva en el corazón de quien cree y ama. Si es viva de tal manera ¿podremos dudar de su eficacia?... Es eficaz cuando obra, eficaz cuando es predicada. No regresa nunca de vacío, sino que prospera en todas las casas a las cuales es enviada” (Tratado 6 del obispo Balduino de Canterbury, PL 204, 451-453).

Según el método moderno de lectio divina, se debe leer lentamente y se debe parar en un versículo mientras éste alimenta el corazón, o el espíritu, si no las emociones, y se pasa al versículo siguiente cuando los sentimientos se enfrían o la atención se disipa. Los primeros monjes de quedaban en un versículo hasta que lo habían puesto en practica. Un hermano vino al encuentro de Abbá Pombo y le pidió que le enseñara un salmo. Pombo se puso a enseñarle el salmo 38, pero apenas pronunció el primer versículo: “Yo dije: vigilaré mi proceder, para que no se me vaya la lengua...”, el hermano no quiso escuchar más. Dijo a Pombo: “Este versículo me basta; ruega a Dios que yo tenga la fuerza de aprenderlo y de ponerlo en práctica”. Diecinueve años más tarde se empeñaba en ello todavía” (Ar, 19,23; Aa IV 163).

También a Abba Abrahán, que era un escritor excelente, además de ser un hombre de oración, un hermano pidió le copiara el salmo 33. Se conformó con copiarle el versículo 15: “Apártate del mal, obra el bien; busca la paz y corre tras ella”, diciendo al hermano: “Empieza por practicar esto y después te copiaré el resto” (Arm 10,67). El lugar privilegiado en el que la Escritura se transforma en Palabra es la liturgia. La Palabra en la liturgia se hace viva y eficaz, porque Cristo está presente e impide, haciéndola audible mediante su misma voz, que se quede en mero documento. La asamblea, en expresión de san Agustín, es el sacramento del Verbo que se hace oír.

- Se crea el clima ideal para la escucha. Es la Iglesia entera la que acoge en la oración. - Porque la Palabra no es solamente leída sino celebrada, proclamada. - Porque es actualizada. Hace presente y muestra el misterio que anuncia.

La eficacia no es automática:

- Presupone la fe. Me habla Dios. Tengo que confiar en El y escuchar con todo mi ser, escucharle con el corazón. - Una vez escuchada, la Palabra de Dios, hay que guardarla: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28). Este fue el secreto de la santidad de María.

- Guardándola, hay que asimilarla. Hay que rumiarla, o sea, repetírnosla lentamente a nosotros mismos, para saborear su belleza, para dejar entrar en lo profundo de nuestro corazón a esta Palabra siempre nueva.

- Mientras la asimilamos, tenemos también que rezarla. Después de haberle escuchado tengo que responder. La respuesta es la oración. Si no se sabe qué decir, se reza con las mismas palabras escuchadas, repetidas en forma vocativa. “Si el texto es oración, rezad; si es llanto, llorad; si es gratitud, estad en la alegría; si expresa temor, temed; porque lo escuchado en el texto es el espejo de vosotros mismos” (San Agustín).

- La palabra también hay que contemplarla. No es suficiente estar convencido de su verdad y de su necesidad. Para que penetre, se incorpore a nuestro ser, nos empape, sea espíritu y vida, y alma de nuestra alma, es necesario llegar a contemplarla, a saborear su belleza, su originalidad, su hechura, que solo halla explicación en la sabiduría infinita y en el amor infinito de Dios

- Y finalmente la Palabra hay que obedecerla, poniéndola en práctica con docilidad, con sencillez y con serenidad, para poder modelar la vida según es ella. El abrazo a la Palabra se lo damos en la vida.

Cuatro modelos, que nos pueden ayudar:

- Moisés, descalzo ante la zarza: Ex 3,4-6 y 34,1-5. “Aquí estoy”: actitud decisiva. Sin esa acogida no puede haber comunicación. “Quítate las sandalias...”. Prepárate. La nube nos recuerda que el encuentro con Dios no puede ser dominado ni poseído. La nube impide ver, pero permite escuchar.

- Jeremías, devorado por el fuego, mastica la Palabra (Jr 15,16; 20,9). La Palabra se nos ofrece como alimento. Aquello que podemos saborear y de lo que nos nutrimos. "¿Acaso no ardía nuestro corazón cuando por el camino nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).

- María de Betania. Sentada a los pies, escuchaba la Palabra (Lc 10,38-42). Aquí está la prioridad que después nos llevará a los caminos para ser samaritanos.

- María, la madre de Jesús, que guarda la palabra en el corazón (Lc 2,51). San Juan Crisóstomo dice: “Cuando volváis a casa deberíais coger la Escritura y con vuestra esposa e hijos releer y repetir juntos la Palabra escuchada... Volved a casa y preparad dos mesas, una con los platos de la comida y otra con la Escritura; que el marido repita lo que se ha escuchado en la Iglesia... haced de vuestra casa una iglesia”.

9.- La Palabra: creadora de profetas

La asamblea litúrgica no es solamente una reunión de creyentes, sino creyentes transformados en sacerdotes, profetas, capaces de leer y escuchar la Escritura con el mismo espíritu que animó a sacerdotes y profetas. A menudo somos nosotros los que acudimos a la Palabra, pero hay momentos en que la Palabra viene sobre nosotros y nos posee por dentro. Entonces es “como un fuego ardiente prendido en los huesos” (Jr 20,9b), “como vino sin escape, que hace reventar los odres nuevos” (Job 32,18-19), como “sello sobre el corazón” (Cant 8,6). “A través de la lectura de la Biblia, Dios nos devuelve la vista en la contemplación, ayudándonos así a descifrar el mundo y a transformarlo, para que sea nuevamente una revelación de Dios, una teofanía” (San Agustín).

La Palabra nos alcanza

Dios no es objeto sino sujeto. Dios tiene la iniciativa. Su palabra nos alcanza: “Ruge el león, ¿quién no temerá? Habla el Señor: ¿quién no profetizará?” (Am 3,8). Esta es la experiencia que han tenido los profetas. Ellos han vivido la Palabra: - Como el martillo que golpea la peña (Jeremías). - Como fuego ardiente prendido en los huesos (Jeremías). - Como mano que aferra (Isaías). En nuestra propia historia creyente, podemos recordar cómo nos ha alcanzado la Palabra, si se ha convertido en tu Tú para nosotros, si hemos sido alcanzados, llamados por nuestro nombre.

La Palabra nos altera

Nos saca fuera de nuestros propios quicios y centros. Hasta hacernos sentir, ver, oír, comunicarnos desde Otro, con otra mirada, otro oído, otra voz. Nos hace capaces de ver signos donde los demás no ven sino cosas. Nos saca del ensimismamiento, nos lleva a prestar atención a otras realidades. La Palabra nos hace asimilar la vida emocional de Dios, nos identifica con el sentir y querer de Dios. Nos ofrece alternativas. Nos lleva a realizar acciones simbólicas, provocativas. “Los que le conocían de toda la vida lo vieron profetizando con los profetas, y todos los del pueblo se decían entre sí: ¿Qué le ha pasado al hijo de Qus?” (1 Sam 10,11). “La palabra NO, firmemente opuesta a la fuerza, posee un poder misterioso que le viene del fondo de los siglos. Todas las grandes personalidades espirituales de la humanidad han dicho NO al César, desde Antígona a Juana de Arco. Los esclavos dicen siempre SÍ” (A. Malraux). “Ellos me dijeron: Te has vuelto loco a causa de Aquel a quien amas. Yo les contesté: El sabor de la vida es sólo para los locos”. ¿Qué palabra o noticia nos ha alterado? ¿Qué nos ha empujado a hacer?

La Palabra nos envía No somos consumidores de palabras, sino enviados a decir una palabra. Somos empujados a hablar en nombre de Otro. ¿A quién o a dónde somos enviados? ¿Puede existir alguien sin misión?

10.- Personas con palabra nueva en los labios y en el corazón

Quien escucha esta Palabra, quien se deja formar por la Palabra, quien todos los días se acerca personal o comunitariamente a la Palabra y la mastica como Jeremías, o la escucha con la mirada atenta como María de Betania o la guarda en el corazón como María de Nazaret, podrá proclamar una palabra de vida a su alrededor, tendrá palabra propia, será una palabra de Dios para los que lo rodean, tendrá en los labios y en el corazón una historia de salvación para contar y cantar. Proclamará:

- Una palabra: que brota de nuestra acogida de la Palabra de Dios en la oración.

- Una palabra críticamente asumida, pensada, madura. Que nos hace crecer a nosotros y a los demás. De ahí la importancia del estudio para no ofrecer palabras piadosas, con poca capacidad para madurar. Palabra lúcida para no ser colaboradores de un sistema que infantiliza y busca sumisión.

- Una palabra que se anuncia con toda nuestra vida. La vida de la comunidad cristiana es un acto profético que por sí mismo anuncia a Dios.

- Una palabra profética, apasionada por la santidad de Dios y por esto con capacidad de denuncia. El compromiso con los débiles puede terminar en cruz.

- Una palabra inteligible. Que tiene en cuenta la realidad social y cultural. Que se entiende. Que tiene en cuenta la experiencia de la gente y supera nuestro lenguaje ambiguo. Estamos llamados a ser signos, parábola.

- Una palabra comprensiva, y compasiva. Con la compasión de Dios. Acogedora. No importa si son culpables los que vienen a nosotros.

- Una palabra que respeta la libertad. Jesús, a pesar del amor que profesa al joven rico, le deja marchar. No le hizo chantaje afectivo. Lo normal es que no les interese nuestra palabra. Modo de proponer nuestra palabra, no de forma triunfalista, sino como Cristo, que no devolvía el insulto, no profería amenazas; soportando lo adverso.

- Una palabra cargada de futuro. El futuro se hace a la luz de la Palabra. Si no arriesgamos el futuro no lo alcanzaremos. Nos hacemos a veces muy conservadores, y vivimos a la defensiva. Cristo está siempre abierto a lo nuevo.

- Una palabra transformadora. Las palabras no son pura información, son creativas, transformadoras. ¿Decimos palabras de vida o palabras desesperanzadas? Somos hijos de Dios y eso nos da capacidad para crear. La Palabra no puede morir. Siempre habrá quien la pronuncie.

- Una palabra de gozo y esperanza, la que proviene de un pueblo de gentes tocadas por la dicha.

- Una palabra de riesgo: “Cuando China ocupó el Tíbet, cuenta un relato Zen, muchos soldados trataron con enorme crueldad a los sometidos. El blanco favorito de sus atrocidades fueron los monjes. Así que, a medida que las fuerzas extranjeras invadían los pueblos, los monjes huían a las montañas. Cuando los invasores llegaron a cierto pueblo, el teniente de la avanzadilla presentó el siguiente informe: “Los monjes, al enterarse de que su llegada estaba próxima, Excelencia, han huido a las montañas...” El comandante sonrió presuntuosamente, orgulloso del terror que inspiraba. “Todos menos uno”, prosiguió con tranquilidad el teniente. El comandante se enfureció. Se dirigió al monasterio, le pegó una patada a la puerta y allí, en el patio, estaba el único monje que se había quedado. El comandante le miró encolerizado. “¿Sabes quién soy yo? –le dijo-. Soy quien puede atravesarte con una espada sin pestañear”. Y el monje replicó: “¿Y tú sabes quién soy yo? Yo soy quien puede dejar que me atravieses con una espada sin pestañear”.

Pedro Tomás Navajas