5. Lo que pasa en el mundo

Introducción

Presta un poco más de atención hoy al periódico que lees, a la radio que escuchas, a la televisión que ves, o al Internet por el que navegas. Por muy de vacaciones que estés, sigues viviendo en el mundo. Y en el mundo, también en verano, siguen pasando cosas; a veces cosas muy importantes, que afectan a millones de personas. El mundo, para unos, es muy grande y está muy lejos. Para otros es algo tan pequeño, que llegan a llamarlo “aldea global”. El mundo está lejos o cerca, según lo vivas en tu corazón. Si te pones una venda en los ojos, apenas verás nada. Si sólo te interesas de lo tuyo, lo que pase en el mundo será para ti como un lejano rumor apenas perceptible.

No puedes y sí puedes... 

Aunque estés de vacaciones, no puedes...

  • Estar a la vez con el Evangelio y con el fanatismo.
  • Pretender ser cristiano y defender la segregación racial.
  • Afirmar que Dios es único y alimentar divisiones y separaciones.
  • Situarse en el Evangelio y alinearse decididamente con los poderosos.

Aunque estés de vacaciones, sí puedes...

  • Poner al ser humano en el centro, para que puedas acoger el reino de Dios.
  • Defender la vida humana en toda situación, para que puedas alabar al Espíritu dador de vida.
  • Condenar el terrorismo y potenciar el desarme, para acercarte a la paz de Jesús.
  • Respetar los derechos humanos en toda circunstancia, para que santifiques el nombre del Padre.
  • Cuidar el entorno natural, para que tu vida sea un canto al Creador.

Repite en algún momento del día alguna de estas frases, pueden oxigenar la mente:

El mundo es mi casa. Lo que pasa en el mundo no me es ajeno. Los que viven en el mundo son hermanos y hermanas míos. La humanidad nueva del Espíritu no tiene fronteras. Las riquezas del mundo, y las mías, son para compartirlas entre todos en una mesa común. Otro mundo más solidario es posible. 

Ora con un salmo de Isaías: 

Concreta alguna actitud hacia las gentes que te rodean en la aldea global, que debes cambiar para parecerte a Jesús. Descubre, en todo caso, tu vocación a ser signo de esperanza. Da gracias por tantos gestos de vida como los hombres y mujeres, animados por el Espíritu, siembran cada día en la humanidad. Contempla el mundo con nuevos ojos, los de Jesús. Comparte con alguien lo que has descubierto. El diálogo dispone a la verdad. Alégrate en el Dios, que nos muestra senderos de paz y de ternura. Termina tu jornada orando, desde tu corazón habitado por nombres y situaciones: 

“Al final de los tiempos caminaran pueblos numerosos a la fiesta que Dios ha preparado. Unos a otros se animarán: Venid, subamos al hogar de la Trinidad. El nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra. Pueblos de la tierra, venid, caminemos a la luz del Señor” (Is 2,2-5).