El misterio de la Trinidad

 

- Busca un momento en tu jornada para orar.
- Haz despacio la señal de la presencia, mientras dices con calma: 
  En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
- Coloca ante ti este icono.
- Deja tus preocupaciones. Serénate y prepara tu corazón para la sorpresa.
- Pero ven con tus hermanos y hermanas, ven con su dolor y su gozo.
- Ten presente las situaciones de muerte que te llegan cada día del mundo.
- Acércate desde ahí al Señor.
- Abre la Palabra y lee estos textos: Gn 18,1-9; Jn 3,16; 17, 21-23; Rom 5,5
- Deja que el Espíritu te adentre en el misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
- Misterio de luz y de amor, de comunión y de misericordia.
- Deja que el Espíritu te lleve a la Trinidad, porque en ella está la fuente de tu vida, la meta de tu  caminar, el remanso de tu fatiga.
- Deja que el Espíritu abra los ojos de tu corazón para contemplar lo que te revela este icono en tres tiempos, en tres planos, en tres personas.
- Entra silencioso/a porque la mesa está abierta y preparada para ti.

 

FOTOIcono ruso, de Andreij Roublëv, un monje ruso del siglo XV

Icono ruso, de Andreij Roublëv, un monje ruso del siglo XV

 

 

En un primer plano: amor y hospitalidad junto al encinar de Mambré

Tres ángeles: bellos y elegantes en su ropaje y en su cabellera, llenos de majestad, envueltos en un halo de misterio, vivo y expresivo en su dependencia y en su comunión recíproca. Llevan en sus manos unos casi imperceptibles bastones rojos de peregrinos. Están sentados en torno a la mesa que Abrahán y Sara han preparado. Sobre la mesa hay una copa y dentro de ella algo que es como un trozo de cordero. El encinar de Mambré se ha estilizado en la pintura hasta convertirse en un arbusto misterioso que está junto al ángel del centro. La casa de Abrahán se ha convertido en una diminuta casa-palacio que está sobre al ángel que se contempla a la izquierda. Han quedado fuera de la escena Abrahán y Sara. Todo se concentra en los tres ángeles misteriosos. La Iglesia ha considerado la teofanía o manifestación de Dios a Abrahán y a Sara, junto al encinar de Mambré, como una revelación de Dios a los seres humanos: revelación misteriosa y cargada de sentido salvador. Los Padres orientales ven en esta manifestación una primera revelación de Dios que es Uno y Trino, un Dios que ama al ser humano y sale a su encuentro, un Dios de la historia que se acerca a la historia de la humanidad, un Dios amigo que pide hospitalidad a Abrahán y a Sara, los amigos de Dios.

Contempla a Dios, es un peregrino de amor, pide hospitalidad, hace un pacto de amistad con sus hijos, es como el mendigo de una comunión de amor.
Contempla a Dios, es un amigo que se presenta pidiendo y se despide colmando de bendiciones y regalos a aquellos que lo saben acoger con amor.
Contempla a Dios, que agradece la hospitalidad de Abrahán y de Sara y les regala el don de una descendencia en su hijo Isaac, cuando ya las esperanzas humanas se habían agotado.

En un segundo plano: el misterio de la Trinidad

La imagen te invita a trascender la escena para contemplar el misterio. Los tres Ángeles reflejan el misterio de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. Unidad en la naturaleza, Trinidad en las personas. En los rostros de los ángeles se descubre un amor misericordioso, de donación. Amar es salir de sí. Dios aparece como comunión, como unidad, como familia. Algunos elementos subrayan la unidad de vida divina y misteriosa:

- El color azul que de diversas maneras está presente en los tres vestidos;

- El mismo color de las alas que están misteriosamente unidas y que expresan una intensa comunión.

- La unidad de la mirada y del movimiento interno que parte desde el pie del ángel de la derecha y sube hasta su cabeza, se vuelca en la del ángel del centro y ésta a la vez se posa en la del ángel de la izquierda hasta indicar un movimiento de comunión en la vida y en el pensamiento, como un misterioso círculo de plenitud en el que estos tres ángeles viven.

Las tres divinas personas están en orden de precedencia: el primero a nuestra izquierda el Padre, el segundo el Hijo, el tercero el Espíritu Santo. La ligera inclinación de los báculos dorados indicaría el orden mismo de la majestad trinitaria, del Padre al Espíritu.

La figura central es la del HIJO, con su túnica sacerdotal, sus manos indicando la copa del sacrificio, revestido de una túnica y un manto que representan su doble naturaleza. El Hijo como evidencia de la Encarnación redentora, con su rostro inclinado en actitud reverente de aceptación de la voluntad del Padre.

El misterioso ángel de su izquierda sería el PADRE, principio de todo en quien descansa el movimiento de las cabezas y de las aureolas, como una reverente aceptación de su voluntad por parte del Hijo y del Espíritu.

El ángel que está a la izquierda es el ESPIRITU SANTO. Tiene un rostro dulce, tierno, maternal, casi femenino. Es el consolador. Su actitud es de servicio, de oblación, de colaboración; se inclina obediente; se lanza en la colaboración total a los planes del Padre y del Hijo. El color verde de su vestido nos habla de juventud y de vida: Espíritu vivificante, juventud de Dios, rejuvenecedor de la Iglesia, escondido y presente.

Estas personas viven el uno para el otro, el uno con el otro, el uno en el otro, sin confundirse, sin absorberse, en una virginal experiencia de comunión personal. Cada persona en sí no parece completa y cada una parece que no puede existir sin referencia, sin relación a la otra, a las otras. Viven escuchándose en la unidad de una misma mirada, tendiendo hacia un mismo fin: la salvación de la humanidad. Con una mirada llena de amor misericordioso, el Padre pide el consentimiento al Hijo. Éste, erguido, dice sí al Padre. El Espíritu, silencio inefable, participa en este diálogo, se inclina en adoración.

En el centro del cuadro hay sobre la mesa un cáliz; cáliz del sacrificio. El Cordero ha sido inmolado, desde la eternidad. Dios es como un inmenso cáliz en su significado ambivalente de cáliz del dolor y copa de la fiesta, la muerte y la resurrección. Las alas de los ángeles son también cálices que indican que el amor de Dios es don inmenso, gratuito, hasta dar la vida no sólo a la humanidad, sino por la humanidad, como se realizará en la cruz. La mesa está preparada. El ángulo inferior del cuadro se abre hacia la tierra.

El huésped ahora invita. La Trinidad se abre hacia la humanidad. Todos, hombres y mujeres, son invitados a entrar en esta casa de comunión, en esta familia divina, en este hogar de amor desbordante. El camino, el mediador, será el Hijo con su Encarnación y con su Pasión, con la Resurrección gloriosa y su Ascensión a los cielos. Volverá a la Trinidad y abrirá la puerta a todos para que la humanidad tenga en la Trinidad su morada.

En un tercer plano: el plan de salvación

Los símbolos son ahora los que hablan de esta realidad escondida en Dios y manifestada en la obra de la salvación, realizada por Cristo y presente en la Iglesia.

El encinar de Mambré es ahora ante nuestros ojos un arbusto con diversos simbolismos: árbol de la vida, árbol de la cruz, vid misteriosa que Jesús ha identificado con su persona: «Yo soy la vid...» de la que pende el racimo que se estruja en el sacrificio: vino y sangre.

La casa de Abrahán y de Sara es símbolo de la casa de Dios, de la Iglesia que es el palacio-templo, a la vez terrestre y celeste.

La cruz está inscrita en las aureolas blancas de los ángeles. Una línea vertical desde el ángel del centro hasta el fondo indica el tronco de la cruz; una línea que une las dos aureolas del ángel de la derecha y de la izquierda indica el travesaño de la cruz. Cruz gloriosa, cruz salvadora que une el cielo y la tierra, que traza el signo de la reconciliación y de la comunión.

Sobre el fondo la roca de un mundo, el de la creación que es el espacio donde Dios actúa ahora y que será recuperado en la transfiguración final.

La mesa es el altar del sacrificio y de la comunión. Mesa de la Palabra y de la Eucaristía, con el símbolo central del cáliz y del cordero sacrificado.

La Eucaristía resume el misterio de la redención:

«Tomad y comed: Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros; Tomad y bebed todos de este cáliz: Esto es mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados».

La Eucaristía es participación de la redención y comunión con la vida trinitaria: don del Padre, presencia del Hijo, efusión del Espíritu Santo. El símbolo cáliz nos ayuda a adivinar la silueta de una copa que desde la parte inferior del cuadro parece abrirse misteriosamente para indicar que Dios es un amor hecho Eucaristía, don, sacrificio, comunión. En la copa de la síntesis se nos ofrecen los misterios. Por la Eucaristía entramos en comunión con la Trinidad y participamos de la naturaleza divina. La gracia de la redención y de la santificación -por medio del bautismo y de la Eucaristía- se llama comunión con la Trinidad, inhabitación trinitaria.

 

 

Dios huésped y peregrino que se reveló a Abrahán y a Sara, ahora vive en ti, en cada ser humano. La Nueva Humanidad es la casa de la Trinidad, el mundo está lleno de su Amor. Nuestro Dios es Padre, Abbá, un Amigo entrañable que ofrece a manos llenas redención, salvación, presencia, comunión, inhabitación. Has sido creado/a a imagen y semejanza de la Trinidad. Dios vive en tu interior. Has sido bautizado/a en el nombre de la Trinidad Santa. Dios guía tu vida. Tu vida está en las Manos de Dios. Acoge esta Palabra de Jesús y llévala como lámpara encendida, en tu corazón:

«Si alguno me ama, mi Padre lo amará y vendremos a él y pondremos en él nuestra morada» (Jn 14,23).

Eres morada de Dios. Estás habitado/a por él. En esta Escuela de comunión se aprende el lenguaje universal del amor. Todos somos hijos e hijas de Dios. Todos somos hermanos y hermanas de Jesús. El Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones. Has sido llamado/a a la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en la gracia del Espíritu Santo. Ama, como Jesús amó, así harás este mundo más humano, más fraterno, más universal

 

Los santos que han tenido esta experiencia te invitan a buscar a Dios dentro de ti, a descubrirlo presente y amigo. Y después te invitan a buscarte en Él, a perderte en la Trinidad donde tu imagen está esculpida, como dice santa Teresa de Jesús. Juan de la Cruz te invita a contemplar en la Trinidad la fuente que mana y corre aunque es de noche, manantial de la vida, cauce de una sola agua que se ofrece a través de los tres ríos del misterio trinitario, manantial inagotable de comunión y de amor. Isabel de la Trinidad te invita a buscar al Dios vivo, que ha hecho de cada persona la casa de Dios, la casa de la Trinidad, y te invita a contemplar tu propio misterio y el misterio que tienes dentro, repitiendo su hermosa oración trinitaria: «Oh Dios mío, Trinidad que adoro...» Repite con la Iglesia llena de amor y agradecimiento:

«Gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo. Como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén».

La palabra cesa y da paso al silencio. La mirada se interioriza y te invita a contemplar, no simplemente la imagen que está delante de ti, sino al Dios Uno y Trino que vive dentro de ti. El Dios que te invita a vivir una existencia trinitaria, recreando su amor en tu ambiente familiar, en tu lugar de trabajo, en tu vida de cada día. San Cirilo de Alejandría nos habla de este altísimo ideal de la vida cristiana con estas palabras:

«Todos nosotros somos un solo ser en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Un solo ser por la comunión en la carne santa de Cristo y por la comunión en el mismo Espíritu. Divididos en cierto modo en personas distintas, estamos como fundidos en un solo cuerpo en Cristo, al nutrirnos de una sola carne. Habiendo recibido todos un mismo Espíritu, estamos en cierto modo mezclados los unos con los otros y con Dios. Por eso somos una sola cosa en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, uno por la idéntica condición, por la conformación de la piedad y por la comunión a la santa carne de Cristo y al único Espíritu Santo».

Que la contemplación de este icono encienda en ti el deseo de la unidad de todos los hijos e hijas de Dios dispersos por el mundo, para que la Trinidad que es la fuente de todo lo creado, sea también la meta de toda la creación y todo retorne al seno del amor del que ha nacido. Y mientras dura la peregrinación de todos hacia su hogar y su meta, la Iglesia sea una imagen viva de la Trinidad para que el mundo creyendo espere, esperando ame y amando llegue al seno de Dios Uno y Trino.

 

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

Más información en la web:
- Isabel de la Trinidad
- Orar ante los iconos