“Este en mi Cuerpo que se entrega por vosotros”

EUCARISTÍA: LA VIDA QUE SE ENTREGA.

Queridos todos. El tema de nuestra reflexión de hoy es realmente comprometedor. Sumamente delicado, casi –diría- estremecedor. Para mí y para vosotros, pero sobre todo para mí que soy sacerdote. Como sabéis, esas palabras del Evangelio de Lucas –“Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”- son las palabras que pronuncia Jesús en la última cena, anticipando místicamente, pero realmente, la entrega de su vida en la cruz, y “pasándolas” a los discípulos para que las reiteren, ellos, los doce, cuando Jesús falte, y nosotros los sacerdotes a lo largo de la historia …, ¡hasta que El vuelva! Releámoslas en su contexto, destacando cada expresión:

1º, comienza con la invitación al banquete o la oferta: “tomad y comed, o tomadlo y repartidlo entre vosotros…”: es el comienzo del otro banquete, en plena cena.

2º, la transubstanciación o el sacramento del cambio “esto es mi cuerpo que se entrega…”: dos cosas. Esto que parece pan, no es pan sino mi cuerpo; y mi cuerpo lo entrego a la pasión que se acerca.

3º. El sacrificio (autosacrificio): “esta es mi sangre que será derramada por vosotros”. De nuevo dos cosas: derramamiento de sangre hasta la muerte; y muerte aceptada y ofrecida al Padre por vosotros.

4º. La encomienda: “haced esto - vosotros”, para perpetuar el sacrificio. La anámnesis: recordatorio por presencia o re-presencia.

Son –como sabéis- las palabras que repetimos los sacerdotes cada vez que celebramos la Eucaristía, y normalmente la celebramos cada día. Yo también. Desde el día en que me ordené, allá en el año 1946 –el mismo en que se ordenó Juan Pablo II- . Hace ya casi 60 años. Pensándolo hoy mismo, me he parado un momento a saldar cuentas: 60 años por 365 días, una misa cada día, suman algo más de 21.000 eucaristías. Es decir, 21.000 veces he asumido la persona de Jesús, he revivido su gesto del cenáculo, he repetido sus palabras de entrega. Y Él se ha entregado de nuevo otras tantas veces. ¡Sencillamente estremecedor!

* Decíamos antes que esas palabras –“esto es mi cuerpo…”- las tomábamos del Evangelio de Lucas. Con pequeños matices diferenciales, las reproducen por igual los otros dos evangelios sinópticos, Mateo y Marcos. El único que ya no las incorpora a su Evangelio es Juan, que no narra ese preciso momento de la Cena. Pero, en cambio, el Evangelio de Juan nos da la clave de su sentido, una especie de clave de lectura para comprenderlas. Al comenzar el relato de la Cena, Juan dice expresamente que “Jesús, habiendo amado a los suyos –a los de este mundo-, ahora los amó hasta el extremo, o hasta el colmo” (Jn 13,1). Es decir, que “entregarse, o entregar su cuerpo y su vida”, no sólo fue por amor, fue el sumo de su amor. “Entregársenos” fue el hecho supremo de su historia salvífica. Juan mismo sigue remarcando las palabras de Jesús: “como me amó el Padre, así os he amado yo a vosotros” (15,9). Es decir, el amor humano de Jesús para nosotros en ese momento, tiene alcance divino, es amor humano con calado divino, como el del Padre a Él. Pablo sintetiza: “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20).

Nos amó dándose, entregándose. Siempre el binomio “amor y entrega”. Muchos de vosotros recordaréis, sin duda, las palabras de santa Teresita, en su definición del amor. Decía ella que “amar es darse”. Que amar más o amar menos, es darse menos o más al servicio del otro, de los otros, a las necesidades y requerimientos de los otros. Pero en sustancia: “amar es darse”. Esa sencilla intuición vivencial de Teresita impactó fuertemente a un filósofo francés, que la comentó ampliamente, y la etiquetó de “genialidad espiritual y filosófica”. Permitidme, a este propósito, una pequeña digresión, que en realidad no nos saca de tema.

El filósofo que comentó esa genialidad de Teresita, se llamaba Jean Guitton. Sin duda el mayor filósofo cristiano de Francia (quizás de toda Europa) en el siglo XX. Murió nonagenario en la última década del siglo. Y todavía un par de años antes de morir, escribió su último libro, titulado “Mi Testamento”. Era, en realidad, su testamento filosófico, especie de balance de todo lo que había pensado y filosofado en su vida, y que ahora en el umbral de la muerte lo legaba en herencia a la humanidad. Y para exponer todo su ideario en el libro, fingía una escena solemne en el salón más importante de París, en “Los Inválidos”, donde imaginariamente se celebraban sus funerales. En el centro del salón estaba su féretro, mientras él –o su alma- lo contemplaba todo desde una alta tribuna, en diálogo con Mitterrand y otros amigos a quienes iba recordando lo mejor de cuanto había escrito sobre valores humanos, sobre la vida social, la historia, la verdad…, y finalmente sobre el amor. Y sobre el amor, iba a explicar cómo había entendido él la definición de Teresita, cuando súbitamente se interrumpe la escena y él mismo es convocado a juicio final por san Pedro, quien prosiguiendo el tema del amor apenas iniciado, le dice sencillamente: “Pues bien, Guitton, vas a ser juzgado sobre el amor. Si amar es darse…, tú ¿te has dado?, ¿de verdad?, en la vida ¿te has dado a los otros?, ¿sí o no?” Al pobre filósofo se le corta el aliento y se le seca la boca. Se le agolpa en la memoria la cinta de toda su vida: él ha sido esposo, ha tenido una mujer sufrida, ha tenido hijos, alumnos universitarios, lectores en todo el mundo, ha tenido amigos y enemigos. Intenta sacar del bolsillo un papel en que tenía copiados varios textos de Teresita, pero tanto le tiembla la mano, que el apunte se le cae al suelo. Sólo quedaba en el aire la pregunta: ¿Tú, en la vida, te has dado a los otros? ¿A algún otro, al menos? Menos mal que de pronto Teresita en persona se hace presente en el pequeño grupo de jueces, recoge del suelo el papel caído, y le dice a san Pedro que… pues sí, es cierto que este hombre se ha buscado mucho a sí mismo, pero “también es verdad que se ha dado, que ha amado con entrega”. Y ahí, cuando san Pedro se dispone a dictar sentencia, termina el libro de Guitton. Demasiado larga la digresión, ¿verdad? Pero me sirve bien para la confrontación con Jesús. ¿Hay alguien que se haya dado como Él?

La confrontación del filósofo con Él, o de cualquiera de nosotros con Él ¿no parece negro frente a blanco? * Pues bien, acerquémonos un momento a la escena del cenáculo. Jesús está celebrando con los doce el banquete de la Pascua judía, en que se inmola el cordero simbólico. De pronto, Jesús pasa del símbolo a la realidad. El cordero es él. Es consciente de que va a ser sacrificado “por nosotros”. Y pronuncia la palabra decisiva: “me entrego”. Jesús sabe perfectamente –también los comensales- que en la liturgia judía hay dos formas de sacrificio: el sacrificio de holocausto y el sacrificio de comunión (o de expiación o de acción de gracias). En el holocausto –como sabéis- la víctima sacrificada era consumida íntegramente en el fuego: quedaba aniquilada. En el sacrificio de comunión, no: sino que una parte de la víctima era quemada para Yahvé, y la otra parte quedaba para el banquete sagrado en el que participaban los oferentes. ¿Cuál de las dos formas adopta para sí Jesús, al pasar del símbolo a la realidad? Es cierto que Jesús se ofrece en holocausto. Pero elige, como prolongación del holocausto, la segunda forma sacrifical: el sacrificio de comunión.

Es decir, en el momento del sacrificio cruento sobre la cruz, dirá más de una vez: “Padre, en tus manos”… Pero a la vez cumplirá su promesa: “estoy en la cruz para vosotros”. La promesa explícita había sido “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6,53). O bien, como en el mismo evangelio de Juan, le dice al Padre: “Padre, por ellos me sacrifico /me santifico a mí mismo” (17,19). Por ellos doy mi vida. Lo tremendamente misterioso es el “cómo”. Cómo fue capaz Jesús de darse a comer o de entregarse por nosotros.

El sacrificio de la Cruz era sencillamente el punto cimero de su misterio de encarnación. Encarnándose, Él “humanizó su divinidad”. Él, que era Dios, se abajó como dice san Pablo para ser uno de nosotros, uno de tantos; más aún “tomó forma de esclavo” (Flp 2,7). La cruz era suplicio de esclavos. En aquel contexto epocal, el esclavo era el que en la sociedad perdía su libertad y su condición de hombre, y pasaba a ser como una cosa más en manos del amo. Jesús se hizo “doulos”. Y como tal murió en la cruz. Pero el momento sumo de ese abajamiento lo alcanza Jesús precisamente “entregándose”, “dándose” ininterrumpidamente en la Eucaristía: es el paso misterioso de la cruz a la misa. Si en la Encarnación su abajamiento había consistido en humanizar la divinidad, en la Eucaristía todo él –lo divino y lo humano- se realizan en un pequeño pedazo de pan y en una copa de vino, como si se cosificaran misteriosamente para hacer posible el banquete sagrado, en un inaudito sacrificio de comunión. Más concretamente: para quedarse con nosotros hasta el fin de los siglos, él se nos entrega como alimento. Realmente presente. Realmente entregado a nosotros. Hasta interiorizarse en nosotros. Esto es lo que expresa estremecida santa Teresa.

* Hace poco más de una semana, la Facultad de Teología de Burgos –al otro lado del río- celebraba un simposio para recordar a figuras ejemplares de sacerdotes del siglo XX. Entre esas figuras, tuve yo mismo la ocasión de hacer la presentación del primero de todos, don Manuel González, conocido como “el obispo de la Eucaristía”. Don Manuel murió siendo obispo de Palencia el año 1940. De él quiero recordaros ahora dos cosas: la primera, que este santo obispo vivió personalmente e intensamente la experiencia de la Eucaristía. Y en segundo lugar, que a lo largo de su vida, jamás cesó de expresar su estupor ante la realidad del misterio: estupor ante el hecho de que el Señor Jesús decidiese quedarse de esa manera con nosotros hasta el fin de los siglos; y estupor ante el hecho, increíble, de la impasibilidad de los cristianos, capaces de pasar casi con indiferencia ante el sagrario, sin que el “sentido de Dios” que existe en el fondo del alma de todo creyente prorrumpa en una especie de terremoto afectivo ante el misterio. Asombro absoluto ante el hecho patente de que “el cristiano rutiniza el don de la Eucaristía”. Si algún día viajáis a Palencia y tenéis el gusto de visitar su preciosa catedral, en la nave central, no lejos del altar mayor podréis leer el epitafio que don Manuel dictó para su tumba:

Pido ser enterrado junto a un sagrario para que mis huesos después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!

Lo singular en el caso de este hombre eucarístico es que su experiencia de la real presencia de Cristo en el sagrario lo llevó inexorablemente a emprender un sinfín de obras sociales a favor de los ancianos, de los obreros, de los mineros de las Minas de Río Tinto, de las barriadas de analfabetos, para los niños y los jóvenes. Para poner en marcha en Huelva las escuelas de niños y jóvenes analfabetos, se asoció nada menos que a nuestro burgalés don Andrés Manjón y se apropió su método de pedagogía activa de las escuelas del Avemaría florecientes en las cuevas del Sacro Monte de Granada…

Todo ello como una irradiación de su experiencia eucarística. Es decir, la dinámica interna de la Eucaristía –el “Jesús que se entrega”- se había convertido en dinámica de vida para don Manuel, dinámica de vida, de acción, de servicio. ¡Cómo recibir la Eucaristía por la mañana y luego pasar el día de brazos cruzados! Ese gesto de don Manuel debería ser lo normal en la vida del cristiano. Si Cristo se te entrega, ¿cómo tu vida (nuestra vida) cristiana puede quedar bloqueada por el egoísmo? Hablando de la Iglesia, el Concilio Vaticano II afirmó no menos de cuatro veces que “la Eucaristía es fuente y centro de la vida del cristiano”, o bien que “la Eucaristía es centro y culmen de toda la vida de la comunidad cristiana”.

Es decir, que el sacramento es centro orbital y resorte radial de la vida de cada cristiano, y de la de cualquier comunidad eclesial. Es lo que nos interesaría subrayar en esta nuestra reflexión final sobre el texto de Lucas. Mal lo veo para el cristiano que viva ayuno de Eucaristía. Pero nosotros, los que la recibimos tantas veces, -yo mismo después de las 21.000 celebraciones- ¿hemos aprendido lo que es amar en cristiano? ¿Vale para nosotros el texto de Lucas “haced esto”, o la palabra de Teresita “amar es darse”? Para nosotros, “¿amar es vivir en acto de servicio a los demás… en la familia, en mi comunidad, en el trabajo, en la calle, en la vida cotidiana…? En ese sentido, el “Jesús que se entrega” en sacrificio de comunión –“tomad y comed”- lo mismo que el Jesús de la Eucaristía ¿no debería ser algo así como el secreto fermento de la sociedad en que vivimos y de la cultura que respiramos, sociedad y cultura quizá más propensas al odio, al terror, a la guerra, o sencillamente más propensas al consumismo y a la búsqueda del bienestar personal, que a la irradiación del “entregarse” o a la dinámica del servicio a los otros?

En el cristianismo primitivo, cuando el neófito recibía la plena iniciación –su primera comunión-, se le decía que en la sociedad pagana él tenía que ser diverso, porque se había vuelto “cristóforo”, portador de Cristo…, como Tarsicio… Vale para el cristianismo de siempre, también para el de hoy. Concluyo. Con una palabra a Jesús y otra para nosotros. A Jesús, sencillamente: “Gracias, Señor, porque te has quedado con nosotros y te nos has dado”. Y a nosotros: “que si alguien, alguna vez, nos preguntase, como a Teresita o como a Guitton, ¿tú, de verdad, te has dado, has amado y servido?, que a imagen de la palabra eucarística “me entrego por vosotros” podamos responder con un sí”.

Tomás Álvarez

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