Salmo 30: "Tú eres mi Dios”

 

Millones de niños nacen atrapados por la red de la deuda. Por mucho que trabajen siempre deberán algo. Innumerables jóvenes caen cada día en la red de la droga; no saben cómo pero se sienten atrapados por mil lazos. Muchachas jóvenes, de países pobres, ilusionadas por un futuro mejor, se ven atrapadas en las redes de la prostitución. ¡Cuántas redes! El alcohol, la depresión, la enfermedad incurable. ¿Es posible rezar ahí? ¿Es posible no desesperarse? El salmista abre un boquete en la red para gritar, como una bocanada de aire fresco: “Tú eres mi Dios”. Es lo más suyo, su mayor tesoro.

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Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú el Dios leal, me librarás. Oigo el cuchicheo de la gente, y todo me da miedo; se conjuran contra mí y traman quitarme la vida. Pero yo confío en ti, Señor, te digo: Tú eres mi Dios. En tu mano están mis azares: líbrame de los enemigos que me persiguen.

 

  • Deja que afloren en tu oración las situaciones difíciles por las que atraviesa tu vida, preséntaselas al Señor.
  • Trae a tu oración situaciones duras de personas de tu entorno y encomiéndalas al Dios leal.
  • Di con Jesús en todo momento y situación: “Me pongo en tus manos”.“Tú eres mi Dios”

 

La oración se traduce en obras. Y no hay mejores obras que aquellas que cortan las redes que nos asfixian a nosotros y a millones de personas. La oración nos ayuda a ver las cosas de otra manera. “Un hombre que era cristiano enfermó gravemente. Los médicos le dieron seis meses de vida. Su primera reacción fue de rebelión contra Dios, porque Él permitía eso. De la rebelión pasó a la duda de Dios y dejó de rezar. Más adelante recuperó a Dios y comenzó a rezar para que le quitara la enfermedad. Pero con el tiempo su oración cambió, y rezaba para que se hiciera la voluntad de Dios, cualquiera que fuera el resultado de su enfermedad. Y hacia el final, su oración era para pedir la gracia de vivir cristianamente su enfermedad, y para que ésta sirviera de intercesión por los demás y para la venida del Reino de Dios” (Segundo Galilea).