Salmo 137: “Señor, tu misericordia es eterna”

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Acostumbrados como estamos a tantos inventos, tienen que mostrarnos algo realmente sorprendente para que nos haga saltar por el asombro. ¡Cómo recrear nuestra capacidad de sorpresa para gozar de las cosas sencillas de la vida, para quedar inundados cada día por el milagro de la vida! ¡Cómo acercarnos cada día a Dios y estrenarlo como nuevo! Podemos enumerar y agradecer los regalos que recibimos a diario y sobre los que pasamos desapercibidos.

 

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
Delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario.
Daré gracias a tu nombre,
por tu misericordia y tu lealtad;
cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma.
Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.

 

  • Recuerda los dones que has recibido. Aprende a mirarte como alguien construido sobre la gracia y orientado hacia la gracia.
  • Da gracias por cada don que recibes y deja que se vaya ensanchando tu corazón.
  • Pon tu mirada en el Señor y dale gracias por su nombre, su misericordia y lealtad.
  • Repítele algo tan entrañable como esto: “No abandones la obra de tus manos”.
  • Acuérdate de personas y ora por ellas de esta forma tan entrañable: “Señor, no abandones a (nombres), que son obra de tus manos”. 

 

  • Los dones tienen como finalidad transformarnos en un regalo para los demás. La participación en la Eucaristía, que es el gran regalo del amor de Dios, nos convierte en eucaristía, para poder decir con Jesús: “Tomad y comed”.
  • “Revestíos de la fuerza que brota del Espíritu y convertíos en constructores de un mundo nuevo, un mundo diferente, fundado en la verdad, la justicia, la solidaridad y el amor” (Juan Pablo II).