22. María en la Cruz



• Estamos ante la cruz, misterio tremendo que nos cuesta entender. ¿Por qué la cruz? ¿Por qué está tan presente la cruz? ¿Por qué Dios no nos ha salvado de otra manera?
• La cruz, objeto de adorno para algunos, es para muchos una experiencia de dolor que humilla mucho, es una necesidad de ayuda para no caer en la desesperanza, es una oportunidad, en el mejor de los casos, para mirar a Jesús crucificado, al Salvador del mundo.
• Hay millones de seres humanos clavados en la cruz. El hambre, la incultura, la esclavitud, la injusticia son cruces demasiado pesadas que oscurecen todo paisaje y lo convierten en panorama desolador. Pero sin quitar ni un ápice a este drama, hay algo que hace que la noche no sea tan oscura, es la presencia de hombres y mujeres junto a las cruces de sus semejantes.
• Hay un terremoto, donde sea, y allí aparecen gentes dispuestas a levantar escombros. Hay una guerra, donde sea, y allí van personas dispuestas a curar toda herida, también las del alma. Cuando junto a un dolor, cualquier dolor, hay alguien al lado, todo parece distinto. Dios pensó también que si él era clavado en la cruz, todo podía ser distinto para el mundo.



Relato.
“Un hombre tenía entre sus manos unas semillas. Las apretaba fuertemente entre sus puños y se decía: ‘Son mías y las voy a retener para siempre’. Otro hombre tenía también unas cuantas semillas y se decía: ‘Son mías, pero me voy a desprender de ellas’. Cavó en la tierra y las sembró. Poco después, de las semillas sembradas aparecieron primero unos pequeños tallos, luego hojas y después espigas y granos. El hombre que apretaba entre sus puños las semillas porque quería retenerlas, fue poco a poco perdiéndolas, hasta que al fin se quedó sin nada” (Limardo).

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“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19,25-27).



María despliega lo mejor de su ser de mujer estando cerca de Jesús crucificado. María, como tantos, se pone en lugar del que sufre. Jesús es la cruz de su cruz. María, estando junto a la cruz, oye la palabra de amor más fascinante que se ha dicho en la historia y se le hace grande el corazón, le nace una vocación de maternidad para toda la Iglesia. Junto a la cruz empiezan a asomar las señales de la vida. La casa del discípulo, la Iglesia, se hace casa de acogida y de comunión. Allí es acogida María, allí están todos los que se ponen junto a la cruz y, por eso, son presencia comprometida de Dios con el mundo.

Palabra de la Iglesia “La nueva maternidad de María, engendrada por la fe, es el fruto del nuevo amor, que maduró en ella definitivamente junto a la Cruz por medio de su participación en el amor redentor del Hijo” (RM, 23). “En la Cruz, María se convirtió también en Madre de la Iglesia, indicando a todos el camino que conduce al Hijo” (IM, 14).



MARÍA, MADRE DEL AMOR DAS TU CORAZÓN AL PIE DE LA CRUZ. MARÍA, MADRE DEL DOLOR, LLÉVANOS SIEMPRE JUNTO A TI.



Soliloquio orante de María. 
Te llevan al monte, a la cruz, al ridículo. Desde ahí todo lo ves, a todos ves. Ofreces tu vida hasta el extremo, para que el mundo tenga vida abundante. Tú eres, hijo mío, la presencia siempre desafiante del Espíritu, apuesta inequívoca por el amor. No han podido amordazar tu voz. Tus brazos extendidos abrazan a todos, tus ojos siguen mirando a todos con cariño, tu corazón abierto sigue comunicando vida. Tú cuerpo es perfume derramado. Un centurión exclama: ‘Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios’. Me alegro. La última palabra la tiene Dios, la tiene el Amor, la tiene la Vida. La última palabra la tienes tú, Jesús.



Visita a los enfermos. Dedícales tu tiempo y tu sonrisa. No lo dejes para mañana, hazlo hoy.