Isabel de la Trinidad

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Nació el 18 de julio de 1880, en el campamento militar de Avor, cerca de Bourges (Francia). Fue hija José Catez, capitán del ejercito francés, y de María Rolland. A los dos años de edad se traslada con su familia a la ciudad de Dijon. Allí nacerá, el 20 de Febrero de 1883 su única hermana, Margarita, a la que se sentirá siempre entrañablemente unida. Hija y nieta de militares, Isabel manifestó desde muy niña un carácter fuerte y difícil, que tuvo que aprender a dominar, y una personalidad sensible y afectuosa. La amistad fue una de los grandes valores de su vida. La cultivo con esmero, tanto fuera como dentro del Carmelo. Hasta su ingreso en el Carmelo de Dijon, a los 21 años de edad, en su vida no encontramos, aparentemente, nada especialmente relevante. A los siete años fallece su padre, lo que la llevará a unirse más aun si cabe a su madre y a su hermana.

Un año más tarde su madre la inscribe en el conservatorio de Dijon, donde Isabel rebela su gran talento: es un genio para la música, y sobresale especialmente por sus cualidades como pianista. A partir de este momento la música ocupará un lugar muy importante en su vida: clases en el conservatorio, clase particulares, largos ensayos en casa... Isabel se recrea interpretando, en el piano volcará todo su mundo afectivo. A los 11 años hizo la primera comunión. Fue un verdadero acontecimiento para Isabel. A partir de aquel día la presencia de Dios se irá haciendo cada vez más intensa en su vida, y Jesús se le revela cada vez más como el amigo de la Eucaristía, el “crucificado por amor”. Aquella misma tarde, visitando el Carmelo, le dirán que su nombre significa “casa de Dios”; a partir de entonces, el sentimiento de estar habitada por la divinidad se convertirá en una fuerza que dará sentido a toda su existencia.

Durante los años de su adolescencia y juventud, mientras que a la par de su vocación al Carmelo crece en ella el sentido de la presencia de la Trinidad y su amor apasionado por Jesús, Isabel aparece ante los suyos como una joven “encantadora”, alegre, divertida, amable, que sabe disfrutar de la vida y entregarse a los demás.

El 2 de agosto de 1901 ingresó en el Carmelo de Dijon, donde pasó los pocos años que le restaban de vida. En estos cinco años Isabel llevó a plenitud su historia de amor y unidad con la Santísima Trinidad, ayudada por la lectura de los grandes místicos del Carmelo, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, y de la meditación asidua y orante de la Palabra de Dios, especialmente de los escritos de Juan y de las cartas de San Pablo. Gracias a él, Isabel descubrió su vocación definitiva: ser “Alabanza de gloria” de la Trinidad.

Murió el 9 de Noviembre de 1906, tras meses de grandes sufrimientos provocados por una enfermedad, la de Addison, que realizó en ella una autentica obra de destrucción. Estos meses los vivió Isabel como una auténtica “subida al calvario”, acompañando a su Esposo, “el crucificado por amor”. Las últimas palabras que se le escucharon pronunciar fueron: “voy a la Luz, al Amor, a la Vida”. Tenía 26 años de edad. Fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 25 de Noviembre de 1984. Miguel Valenciano, ocd

 

El mensaje de Isabel para nosotros, cristianos ya casi del siglo XXI, no es tanto doctrinal, pues no vamos a encontrar en ella una doctrina elaborada, sino fundamentalmente experiencial, vital. Isabel nos ofrece su “experiencia” de Dios, y más en concreto su experiencia de la Trinidad. Porque este es, precisamente, el rasgo más sobresaliente de su espiritualidad: su aproximación entusiasta y su vivencia profunda y apasionada de lo que constituye la realidad central de la fe y la vida del cristiano: el Misterio de la Trinidad; del Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es comunión de amor y de unidad compartida al hombre. Isabel comprendió y vivió esto con una claridad y una profundidad inauditas.

La Trinidad no era para ella un concepto abstracto, o una idea, una entelequia más o menos difícil de comprender. La Trinidad era más bien, el ámbito donde realizar toda su existencia, “la casa paterna” que nunca debe de ser abandonada, el seno cálido que acoge toda su existencia. La trinidad es el huésped que habita en ella, invitándola a vivir en intimidad con él. Isabel se sabe habitada, en la más profunda intimidad de si misma, por la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu”, y en esta presencia ella reconoce la realidad del amor, porque experimenta en toda su verdad que “Dios es Amor” (1 Jn. 4, 16).

Toda su vida espiritual consistirá en responder a esta presencia de Dios, de la Trinidad, en ella; en acoger el amor que esta presencia implica. Por eso su espiritualidad puede ser definida también como una espiritualidad de interiorización, pudiéndose incluso hablar de “un carisma de sana interioridad y atención a Dios”, que se expresa en una actitud de recogimiento, de silencio interior, de unificación personal y de atención amorosa a la presencia de la Trinidad en ella. Desde esta perspectiva vive Isabel también su oración. para ella orar no es otra cosa sino vivir en la intimidad de la presencia del Dios-Trinidad.

Su oración está caracterizada por una actitud fundamental de recogimiento, de entrar dentro de sí, para acoger una presencia y establecer un dialogo “de corazón a corazón”. Por eso su oración será siempre sencilla y sin métodos complicados ni abstractos. Esta vivencia trinitaria tiene en Isabel un marcado carácter cristocéntrico. Jesús es el gran amor de Isabel; y el ideal de su vida será llevar a la practica las Palabras del Apóstol: “Vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2, 20).

Cristo es el camino de acceso a la Trinidad, y la unión con  él la llevará a termino Isabel por su transformación en Cristo, de tal modo que el Padre, al contemplarla no vea en ella sino a su Hijo Amado, el “crucificado por amor”. Esta transformación en Cristo es obra del Espíritu Santo. Fr. Miguel Valenciano, OCD.

 

* Confianza y abandono. “Querida señora, ya que me permite hablarle como a una hermana querida, le diré que pienso que Dios le pide un abandono y una confianza sin límites en estos momentos dolorosos en lo que siente esos horribles vacíos. (...) cuando el peso del cuerpo se deja sentir y cansa su alma, no se desanime y acérquese con fe y amor a Quien nos dijo: “Venid a mí y yo os aliviaré”. En cuanto a su moral, nunca se deje abatir por el pensamiento de sus miserias. El gran San Pablo dice: “Cuanto más se multiplicó el pecado, más abundó la gracia”. Yo pienso que el alma más débil, incluso la más culpable, es la que tiene más motivos para esperar, y que ese acto que hace para olvidarse de sí misma y echarse en brazos de Dios glorifica al Señor y le da más alegría que todos los repliegues sobre sí misma y todos los exámenes de conciencia que la hacen vivir con sus debilidades, cuando en el centro de sí misma tiene un Salvador que quiere purificarla a cada instante. (...) No nos purificaremos mirando a nuestra miseria, sino mirando a Cristo, que es todo él pureza y santidad” ( Carta 249, del 26 de noviembre de 1906).

* Elevación a la Santísima Trinidad.  ¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme en Vos, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la Eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Vos, oh mi inmutable, sino que cada momento me sumerja más íntimamente en la profundidad de vuestro misterio. Pacificad mi alma; haced de ella vuestro cielo, vuestra morada predilecta, el lugar de vuestro descanso. Que nunca os deje allí solo sino que permanezca totalmente en Vos, vigilante en mi fe, en completa adoración y en entrega absoluta a vuestra acción creadora. ¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser una esposa para vuestro corazón; quisiera cubriros de gloria; quisiera amaros...hasta morir de amor. Pero reconozco mi impotencia. Por eso os pido ser “revestida de Vos mismo”, identificar mi alma con todos los sentimientos de vuestra alma, sumergirme en Vos, ser invadida por Vos, ser sustituida por Vos para que mi vida sea solamente una irradiación de vuestra vida. Venid a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador. ¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchandoos; quiero ser un alma atenta siempre a vuestras enseñanzas para aprenderlo todo de Vos: Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero mantener mi mirada fija en Vos y permanecer bajo vuestra luz infinita. ¡Oh mi astro querido! Fascinadme de tal modo que ya no pueda salir de vuestra irradiación divina. ¡Oh fuego abrasador, Espíritu de amor! Venid a mí para que se realice en mi alma como una encarnación del Verbo. Quiero ser para El una humanidad suplementaria donde renueve todo su misterio. Y Vos, oh Padre, proteged a vuestra pobre criatura, “cubridla con vuestra sombra”, contemplad solamente en ella al “Amado en quien habéis puesto todas vuestras complacencias”. ¡Oh mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo! Me entrego a Vos como víctima. Sumergios en mí para que yo me sumerja en Vos hasta que vaya a contemplar en vuestras luz el abismo de vuestras grandezas!” ( Notas Intimas, 15).

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