De la comunión nacen la paz y la justicia

Cada día, lo primero que nos ponen delante los telediaros son imágenes de guerra, injusticia, violencia. Si alguien viniera de otro planeta y contemplara tanta imagen violenta, ¿qué pensaría de nuestro mundo? Un mundo donde la distancia entre los países ricos y pobres sigue aumentando, un mundo donde en el siglo XXI miles de niños y mujeres son explotados y oprimidos. Un mundo donde los pobres siguen aumentando. Un Mundo donde las gentes del sur ven un mundo norte tan fascinante que no dudan ni un instante en subirse a una patera y afrontar la muerte en el mar.

¿Tendrá salida nuestro mundo? ¿Habrá algún manantial escondido en el que brote agua limpia? ¿Qué noticias hay escondidas en los brotes de primavera o en los corazones de todos los niños de todos los pueblos? ¿Habrá caminos para la esperanza y la alegría? ¿Quién verá tanto dolor, quien oirá tanto clamor, y saldrá a su encuentro?

Ante la opresión y explotación de Israel en Egipto, así habló Dios a Moisés desde la zarza que ardía sin consumirse en la ladera de la montaña: “He oído el clamor de mi pueblo”. Dios, desde sus entrañas de misericordia, estaba abriendo un proceso de liberación que iba a traer la paz y la justicia al pueblo. Moisés y todos los profetas prepararon el camino a Jesús, que fue y es la gran respuesta de Dios Trinidad al gran clamor por la paz y la justicia presente en todos los pueblos de la tierra. También hoy, esta tarde, Dios sigue diciendo: “He oído el clamor de mi pueblo”, un clamor que viene de las situaciones de guerra, violencia, injusticia, opresión, explotación, hambre... extendidas por la geografía del mundo. “He oído el clamor de tantos rostros que sufren, he escuchado los gritos de tantos y tantos que claman paz y justicia”. Si alguno de nosotros oye su voz, si alguno de nosotros escucha la voz de los sin voz puede comenzar en el corazón un hermoso camino de paz y de justicia para el mundo, porque las cosas bellas empiezan su andadura en un corazón y una mentalidad nuevos.  

En algunos lugares donde llueve poco, los habitantes contemplan un milagro sorprendente cuando caen lluvias abundantes. Semillas, que estaban escondidas en lo hondo de la tierra, al sentir la humedad, se despiertan y salen a la superficie llenando el campo de flores y plantas que hacía muchos años que no se veían. ¿Qué tendrá que pasar para que las semillas que todos llevamos sembradas en el corazón salgan a la luz y se conviertan en frutos de paz y de justicia para nuestro mundo?

Esta tarde quiero invitaros a contemplar cómo la paz y la justicia, son condiciones indispensables para la subsistencia de la humanidad y para que los más orillados de la tierra tengan sitio, pan y palabra en la mesa común. Por la paz y la justicia se puede trabajar de muchas maneras y muchos lo hacen en todo el mundo, se puede trabajar gritando o levantando las manos, se puede trabajar participando en miles de iniciativas, pero el trabajo más fecundo comienza cuando cultivamos entre todos estructuras de comunión y de encuentro entre las personas. Cuando cultivamos la espiritualidad de la comunión, cuando somos capaces de ver al otro como un hermano, como una hermana, entonces es posible construir un mundo libre, digno y pacífico. Cuando logramos la unidad con nosotros mismos, cuando entablamos con Dios una relación de comunión profunda y amistosa, entonces puede aparecer en la tierra esa nueva humanidad que ahora está con dolores de parto esperando que se manifiesten los dones de la paz y la justicia.  

Es verdad que la tarea no es nada fácil, es verdad que la injusticia y la guerra meten mucho más ruido y parecen tener la última palabra; es verdad que en el bosque se oye más el estruendo del árbol que cae, que el susurro suave de cien árboles que crecen en medio del silencio. Es verdad, como decía Luther King que “hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces y, sin embargo, no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”. Es verdad todo eso, pero también lo es que todos los bautizados y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, hemos sido engendrados por la experiencia de comunión que hay en la Trinidad y esa música callada ningún estruendo de bombas lo puede ahogar.

Si esto es así, no dejará de tener sentido, que esta tarde nos preguntemos cómo recorrer los caminos de la comunión, para que de ella nazcan la paz y la justicia que tanto deseamos.

Desde luego, ningún futuro se construye soplando sobre las cenizas, sino soplando sobre la brasa, para que se encienda un gran fuego. El Papa Juan Pablo II, en una preciosa carta que nos ha dirigido a todos los cristianos con motivo del nuevo milenio, nos sugiere unas cuantas brasas para que soplemos sobre ellas. Son pistas de la espiritualidad de la comunión, que todos podemos recorrer, porque ninguno es tan pobre que no tenga algo para dar. Vamos a verlas juntos. 

En primer lugar, es importante que prestemos atención al corazón, centro de la vida interior, lugar donde nacen las fuentes de la vida, porque ahí ha puesto el Espíritu recursos insospechados para hacernos portadores de comunión de justicia y de paz. Es importante que descubramos las semillas de comunión que hay dentro de cada uno de nosotros, dentro de cada familia, dentro de cada grupo, dentro de cada comunidad parroquial. El Espíritu Santo, cuya creatividad nunca se agota, es el autor de tanta diversidad. Nos ha dado dones, rostros diversos, voces y gestos inconfundibles. Nada está de más. Si todo esto se pone en común, puede convertirse en un hermoso arco iris que hable de norte a sur, de este a oeste, de paz y de justicia. A veces vamos por la vida sin haber descubierto el tesoro de paz y justicia que todos llevamos dentro. ¿Qué presencias alentadoras pueden ayudarnos a descubrir es don? Se cuenta que Sarasate, el genial violinista navarro, había dado un concierto extraordinario y toda la gente salió a la calle aclamándolo y vitoreándolo. En un rincón de la calle estaba un músico callejero tocando su viejo violín. El maestro se lo pidió y lo tocó con tanta maestría que de nuevo la gente lo aclamó y lo aplaudió. El maestro cogió su sombrero y lo pasó entre la gente. Recogió mucho dinero, que entregó al músico callejero. Sarasate, al ver que éste lloraba, le preguntó por qué lo hacía si había recogido tanto dinero para él. El músico callejero le respondió que estaba emocionado, porque él había arrancado a su viejo violín unas notas que él nunca habría podido ni soñar”.

En segundo lugar tenemos que estar atentos a cada ser humano. De la comunión con él pueden brotar muchos pequeños milagros cada día. Cada hermano/a es un manantial inagotable porque en él habita el Espíritu de Dios. Y el Espíritu nos invita a acercarnos al herman@ (de toda cultura, raza o nación) desde el respeto, la escucha profunda, una mirada transparente, la libertad, la pasión por crear vida, por transformar las estructuras injustas. Un signo de esta comunión lo encontramos en las primeras comunidades cristianas. Todo lo compartían, hasta el punto de no llamar a nada “mío” sino “nuestro”. Se oían la fe y se animaban unos a otros mediante el diálogo. Ningún proyecto les parecía imposible. En esas comunidades se hacía presente Jesús para darles una y otra vez la paz y la alegría y para enviarlos a anunciar la justicia más allá de toda frontera. Estar atentos a los demás es acoger las muestras de cariño, de afecto y de solidaridad que se dan en las familias, en los grupos. En todos esos detalles, envueltos en dolor o en gozo, va saliendo a la luz un proyecto de amor. Las pequeñas señales o signos de comunión escondidos en el día a día de la convivencia con los otros son luz para el camino, porque invitan a vivir con sencillez dando gracias por las maravillas que Dios hace en nuestra vida, por lo bueno que hay en nosotros y en los otros. Siempre será más importante, como dice el Prior de Taizé, dar con las fuentes de la vida que reformar estructuras.

En tercer lugar tomar conciencia de la presencia amorosa de Dios en nosotros. Si “lo que embellece el desierto es que en algún lugar esconde un pozo”, como decía el Principito, lo que embellece el corazón humano es la presencia de Dios Padre/ Madre, amor gratuito y generoso, que hace que los seres humanos vivan como hijos y hermanos; es la presencia de Dios Hijo, que con su vida y su palabra nos invita a la comunión y a construir el Reino de Justicia y de Paz; es la presencia de Dios Espíritu Santo, que nos regala la libertad para que acogiendo sus dones desde la diversidad construyamos un mundo donde brille la paz y la justicia. En el silencio y en el diálogo amoroso con El se van preparando los caminos que embellecen a la humanidad. El Cardenal Martín, al recibir el Premio Príncipe de Asturias decía atinadamente: “El silencio provoca actitudes de escucha y diálogo entre los pueblos”.

Pero no queremos olvidar las dificultades de la comunión. Lo sabemos por experiencia. Los caminos de la comunión que llevan a la justicia y a la paz se pueden romper en mil pedazos. En nosotros y en nuestro mundo todas las posturas tienen cabida, pero no todas tienen salida. O mejor, sí que tienen salida, pero ésta está marcada por la violencia y la injusticia entre unos seres humanos y otros, entre unos pueblos y otros. Vamos a ver cinco trampas que no nos llevan a la comunión, ni a la paz ni a la justicia.

La primera es la evasión. O sea, el mirar para otro lado, el no oír los gritos de los que peor lo pasan en nuestro mundo, el organizar nuestra vida al margen de los que pasan hambre o están desnudos o no tienen casa o están en la cárcel o en la droga o en la prostitución y explotación. La evasión nos resulta fácil. No hay más que ver tantos programas de televisión que nos invitan a evadirnos alimentando nuestras horas con chismes y cotilleos de vidas ajenas. Todo ello nos lleva a desviar la mirada y a tapar los oídos ante la verdadera realidad de nuestro mundo, ante los gritos de la humanidad que sufre. Es mejor no ver los rostros de los que sufren. Ya lo dice el adagio: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Consecuencia de la evasión es el individualismo, o al revés, consecuencia del individualismo es la evasión, porque tanto monta. Los cierto es que ambos conducen a una dureza de corazón, donde ninguna semilla de paz y de justicia puede encontrar la tierra buena necesaria para dar buen fruto. Frente a la evasión lo mejor es abrir los ojos y los oídos a lo que están pasando los que más sufren en nuestra sociedad, aunque sus gritos apenas se oigan porque molestan, y sus rostros apenas se vean porque viven en los márgenes. El concilio Vaticano II nos lo dijo con toda claridad en un cita preciosa e inolvidable: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. 

La segunda trampa es el fanatismo. O sea, colocarse en medio del mundo con dureza, con mucho deseo de juzgar y condenar, sin capacidad de compasión y ternura para acoger a los demás. Nuestro mundo se está llenando de fanatismos fundamentalistas o visionarios que, con la pretensión de ver-oír a Dios “en directo”, sin mediaciones, son capaces de las mayores barbaridades y maldades que pueden caber en el corazón humano. En los fanáticos la pretensión de ser los únicos que están en la verdad se convierte en un deseo de dominar a los otros por las buenas o por las malas. Brota por doquier la intolerancia e intransigencia, que anula la libertad política, religiosa y cultural. El terrorismo y la guerra son hijos de estos fanatismos que anteponen unos pretendidos valores de identidad por encima de la universalidad. ¡Qué bien viene aquí recordar unas palabras lúcidas del Papa Juan Pablo II, tan repetidas en los últimos tiempos: “La religión no puede ser nunca fuente de conflicto. El odio, el fanatismo y el terrorismo profanan el nombre de Dios y desfiguran la auténtica imagen del hombre” (Juan Pablo II).

La tercera trampa es dudar del otro, desconfiar de él. Del otro, que puede ser una persona, pero también un grupo, o un pueblo, un color de la piel o una religión. Cuando sospechamos, juzgamos, dudamos del otro estamos levantando barreras para la comunicación, para el encuentro. Y como la paz y la justicia necesitan las manos de todos, si tenemos reparos en unirlas a los otros estamos haciendo un flaco favor a la causa de la paz y la justicia, que son los grandes proyectos del reino de Jesús. La desconfianza es el mejor caldo de cultivo para que se mantenga e incluso aumente la desigualdad entre unos y otros. En nuestro mundo encontramos millones de personas que viven en la miseria y la pobreza frente a un grupo minoritario que ha alcanzado logros económicos y de bienestar extraordinarios. No deja de ser insultante: tanta riqueza en el centro, tanta pobreza en las orillas. La desigualdad genera cada día más víctimas, víctimas que al no ver sus rostros y englobarlas en cifras, nos duelen menos. En su mayoría las víctimas con mujeres y niños, consecuencia directa de políticas económicas concretas que están provocando graves fracturas sociales, y sobre todo, consecuencia de una falta de comunión y de aprecio entre todos.  

Pero no podemos caer en el desánimo y tenemos que seguir caminando, motivándonos y convenciéndonos de que es mejor el camino de la comunión, que no es otro sino el del amor, ese amor que Jesús nos enseñó: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Algunos poetas, a pesar de las sombras, creen que es mejor encender una cerilla que lamentarse por tanta oscuridad. Hacemos nuestros los versos de Pedro Casaldáliga, obispo con los más pobres en Brasil:

Es tarde,
pero es nuestra hora.
Es tarde,
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer el futuro.
Es tarde,
pero somos nosotros
esta hora tardía.
Es tarde,
pero es madrugada
si insistimos un poco”.

Para terminar, permitid que hable de tres pistas de luz para caminar desde la comunión hacia la paz y la justicia. 

La primera es el diálogo. El camino hacia la comunión pasa por el diálogo. Las palabras que decimos o escuchamos cada día pueden ser el comienzo de la paz y la justicia. “El diálogo y la escucha, dice repetidamente el Papa Juan Pablo II, son los nuevos nombres de la caridad”. El diálogo, el saludo, el gesto acogedor, de desconocidos que éramos nos convierte en amigos. El diálogo tiene mucho de gratuidad, de oferta de lo mejor que tenemos y de acogida de lo mejor que el otro nos ofrece. Cada vez que dialogamos se cumple aquella profecía atrevida que pronunció el profeta Isaías en nombre de Dios para todos los tiempos, también para el nuestro: “Serán vecinos el lobo y el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño los conducirá. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi monte santo” (Is 11,6).

La segunda pista es abrir puertas y salir al encuentro. Como la Trinidad que está siempre en permanente éxodo hacia nuestro mundo para invitarnos a una experiencia de comunión en torno a una mesa donde se ofrece a todos el pan y el vino de su amistad. Salir llevando a la humanidad un mensaje de alegría, de paz, de amor para todos. Salir, mirando el mundo con esperanza, yendo al encuentro de las gentes concretas de cada tiempo, tendiendo una mano al hermano que está al borde del camino, haciendo nuestras las voces que antes no eran nuestras, dejándonos llenar por la presencia de los otros. Salir con capacidad para dar y para recibir, siendo testigos del perdón, la confianza, la unidad y la creación de nueva vida.

La tercera pista es optar por los más pequeños y los más débiles, por todos ésos, en quienes Dios pone especialmente los ojos. ¿Acaso puede concebirse que un cristiano, que quiere seguir de cerca de Jesús, esté lejos de todos los que la sociedad considera molestos? Andar cada día hacia ellos, moverse para hacerles prójimos, próximos, para devolverles su dignidad, ponerlos de pie, haciéndoles caminar de nuevo, puede ser una hermosa contribución a la paz y a la justicia. Los más pobres nos desvelan lo mejor del Evangelio, lo mejor del rostro de Dios. Por eso se dice, y con razón, que los pobres nos evangelizan. A través de ellos Dios nos muestra su rostro más humano. A nosotros nos toca dar un rostro humano a Dios.

Conclusión. Cuando promovemos la comunión, en cualquiera de sus formas, estamos dando pasos hacia la paz y la justicia.

En los que así viven, siguen resonando las bienaventuranzas de Jesús:

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios

Bienaventurados los que tienen hambre y se de justicia, porque ellos serán saciados.

En el evangelio de Juan nos encontramos también con una escena que puede dar luz a nuestro momento actual. Los discípulos estaban encerrados, tenían miedo; la rabia, la impotencia, la sensación de fracaso les había paralizado; tampoco comprendían tanto dolor y  sufrimiento por los que Jesús tuvo que pasar. Pero estaban juntos, la relación de comunión no se había roto, algo habían aprendido del Maestro. Y en esta situación Jesús se pone en medio de ellos y les dice: “La paz con vosotros”, palabras estas que son un regalo para el corazón herido, que son esperanza frente a los gritos de condena, que suenan a libertad de donde vuelve a nacer la vida. Con esta alegría estrenada y con el Espíritu de fortaleza sobre ellos, Jesús les confía una responsabilidad, la de ir hasta el final del mundo con un regalo para la humanidad: vivir la justicia y la paz frente a otros valores como el tener, el individualismo, el poder…

Que ese mismo envío de Jesús nos alcance hoy también a todos nosotros. Paz y bien, de parte de Jesús, para todos vosotros. Gracias.